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Presentación de Goes to Goes

Los invitamos a la presentación del último libro de Hoski, Goes to Goes (Pez en el hielo Ediciones, 2021).

Conversan: Mariana Figueroa, Ramiro Sanchiz y el autor.

Cierre: puesta en voz y performance a cargo del proyecto Goes to Goes.

Viernes 15 de octubre, 20:00hs
Cafetería del Centro Cultural Terminal Goes.

En la presentación se podrá adquirir el libro así como el cassette de puesta en voz del proyecto Goes to Goes ( Tatami Registros , 2021).

Afiche: Dani Olivar sobre imagen de tapa de Ruthconteache

https://pezenelhielo.wordpress.com/
https://elhoski.wordpress.com/
https://tatamiregistros.bandcamp.com

“Hay una novela a escasos centímetros de Goes to Goes, por una perpendicular al texto, en otra dimensión: una novela fragmentada, facetada, deforme y en explosión (es decir, una novela) que se manifiesta en nuestro plano como dos series de poemas precisos, austeros, crueles y deslumbrantes, atravesados por horizontes de sucesos, (astro)física, Pornhub, fútbol y, quizá especialmente, el paisaje derrumbado o derruido de una Montevideo horadada por agujeros de gusano, túneles/vidas que (des)conectan los barrios y las esquinas más representadas en nuestra literatura para conducirnos a parajes nuevos, Zonas extrañas e inquietantes en las que, tarde o temprano, nos percibiremos como un elemento restituido a la imagen, un caminante perdido o, mejor, un fantasma en órbita”.

Ramiro Sanchiz

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Goes to Goes (2021)

Goes to Goes (Tatami Registros: Montevideo, 2021).

Grabado y mezclado por Raúl Garrido en Tatami Registros entre mayo y agosto de 2021.
Masterizado por Andrés Amor.

Lectura: Hoski.
Música –sintetizadores, guitarra, bajo, acordeón, taishogoto, percusión y ruidos– : Matteo San Martín, Hoski, Raúl Garrido.

Imagen y diseño de tapa: Ruth con Teache.

Las 12 escenas del álbum forman parte del libro Goes to Goes de Hoski (Montevideo: Pez en el Hielo, 2021).

¡Tranquilo Bandini!

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Escena 9 – Betty & Rita (Goes to Goes, 2021)

Cry, cry, cry, and then I say with big
emotion, “I hate you… I hate us both!”

Mulholland Drive, David Lynch

Dije tu nombre 
en una habitación vacía;
algo que nunca antes había hecho.
Luego todo empezó de nuevo,
y yo me encontré en una estancia 
asistiendo al casamiento de alguien 
                                        que no conocía,
mirando las reses clavadas a estacas
y el fuego y las sombras fagocitándose,
como si me fuera imposible
enfocar las caras
o auscultar el alfabeto
de amigos y familiares. 
Apareciste entonces, 
mezclada entre la compañía de actores 
                            y el servicio de catering,
con un delantal abrigado
y una gorra de siete puntas. 
Nos agachamos en la oscuridad y el ruido,
obligados a una intimidad 
            que ya no deseamos,
y al apuro de saber que tu acto 
empieza en unos minutos.
—Nunca te quise, 
pensé que era evidente  —me escupiste
sin tu pico de pato cualquierista,
y te llenaste la boca impasible
de una pasta sólida de palabras
—sin elipsis, sin evasiones culposas—,
como si nunca antes hubieras masticado. 
Te habías enamorado de una amiga compartida
cuya identidad no viene al caso,
y un momento antes de levantarte
y correr con tus compañeros 
hacia una de las mesas recortadas en el pasto,
fijaste los ojos en mi barba penosa
y me describiste los detalles 
de cómo te había seducido.
No estoy herido
ni siento el vértigo de la otra mujer;
lo que me anega es el acorde inicial 
de una canción de Los Nocheros,
y la amargura atávica 
de no distinguir en tus mejillas
la lengua secreta de los pocitos
                         como un tintineo
o un chorus gestual 
emulando tu voz. 
ahora huyo en medio de la noche imaginando revertir el maleficio
y hundo mi cuerpo comprimido en los asientos de cuero gastado
por   las  ventanas   fijadas  del  fondo   se  proyecta   el  pueblo
las  casas   planas   las   pequeñas  cornisas    los   comercios
pero es solo un lugar de paso en un bondi de los setenta
you   already   know  that  he  never   goes  to  Goes
la  promesa de un  destino  final de  la semiosis 
el  último  transbordo se  detiene reconozco
los carritos de la plaza y los focos encen
didos en la  primera luz del crepús
culo estoy  en Sauce  como en
la adolescencia confundido
camino al ciber 24 horas
en busca de unos ciga
rros para ser yo mis
mo y me paralizo
mi maletín de 
docente dón
de está

abro
los
ojos
los
abro

respiro
me hago del
cuarto en pen
umbras  percibo
el temblor en las pi
ernas y el frío el estante
en   que   apoyo  mis  manos
la espera  tu cuerpo masivo in
tuido y  descubro que  este deseo
 campo  me  pertenece  es mío  soy yo 
el reloj se  invierte y  salgo del otro  lado
después  el  pestillo  anunciándote  entera
y tu  lengua al oído gimiéndome  estás divina
el atrás  todo teta mi espalda  se sobreimprime
son  tus  uñas cortando la red  de mis  medias rojas
si me  hubieras  visto  exaltado  eligiendo las  prendas
abstraído  de  los empleados  en lo fantástico  del  secreto
esta noche  en mi casa  te espero  volteo la cara  busco el beso
y alcanza  con  tu dedo  corriendo mi  tanga para  deshacerme  toda
Donanbiborre la cheno
—que es muchas pero es la misma—
te vuelvo a esperar en mi cuarto
pero esta vez con un regalo. 
Me pediste una milica,
me pediste un macho maduro,
y hoy el mundo es un susurro
o una imagen entrevista. 
Me visto como el de entonces
y me extraño con la perspectiva,
podría tener cinco años
y meterme a la cama de mis padres 
en la mañana de un domingo.
Es demasiado y lo siento.
Como algo que no puede percibirse
si uno no se encuentra parado 
en la posición correcta,
o en un estado de cosas 
que solo vuelve en los sueños. 
«El amor es ominoso», pienso,
Y más allá de mis ojos,
únicamente tu costillar arqueado.
Un pestañeo de cámara y desaparecés.
La luz del techo se prende obscena.
Algo que nunca antes había hecho:
en una habitación vacía
dije tu nombre.

(Goes to Goes. Montevideo: Pez en el Hielo, 2021).

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Escena 3 – Reflejos (Goes to Goes, 2021)

Me levanto
tironeado por las tripas, 
arrojado por el tubo de descenso, 
y en el incendio sin pausa del día 
me sincronizo a todos los vértigos, 
como una emergencia declarada 
dos horas antes de despertar.
			
Cuando tenía tres años,
salía a las siete a pedalear en mi triciclo
alrededor de la casa,
despertándolos a todos
e imponiéndoles mi ritmo
de insatisfacción constante
con el canto exasperante y concéntrico
de una canción de barra 
			de Peñarol. 
A vos te fascinaba esta historia
y me animabas, curiosa y enternecida,
a que rompiera mi exilio
y te mostrara la foto deforme
del niño gordito y sabiondo que fui.
No supiste del arenero humedecido
en el fondo del colegio,
ni de los torneos de fútbol,
con sus sorteos de resultados
y su representación unipersonal
frente al aromo y al portón
de mi primera casa en Toledo.
Ahora las mañanas 
me siguen pareciendo inmensas
pero las ruedas del triciclo se me gastaron
y ya no sé cómo sentir euforia.

Si vinieras a casa esta noche
y te sentaras, no en el puf,
sino en una de las sillas nuevas del comedor,
no tendría de qué ponerte al tanto
a no ser por el gusto uniforme del verano
y el retazo de algún proyecto literario
encarado sin muchas ganas.
De la cajera divorciada
del super de Garibaldi
no hubo más noticias 
desde que nos separamos. 
Dejé de hacer la fila únicamente en su caja,
y ella dejó de sacarme las chalas 
         enredadas en mi pelo,
y de guiñarme el ojo con complicidad y envidia
al leer el código de barras 
del primer par de cervezas. 
No utilicé tu permiso cuando me lo diste,
no hice uso de mi fantasía cuando te fuiste
o simplemente me dijeron que no
en la respuesta dilatada de un mensaje,
y yo me convencí inútilmente
de haber obrado con castidad. 
Al final, Los Redondos nunca sonaron en mis parlantes,
y mi disfraz de pendejo morboso,
degenerado pero buena onda,
se terminó de pudrir en el clóset,
como la idea misma de juventud expandida
—o de erotismo oblicuo—
de la que tanto nos gusta mamar a los orientales. 

El único suceso interesante
del que te podría dar detalles
es mi encuentro con Roberto
en el pasillo del edificio.
Dos días completos de encierro
y yo girando sobre las palabras,
persiguiéndome la cola
hasta escucharme en voz alta
en el eco de la ducha 
o en el runrún infinito 
que me acompaña cuando duermo.
Un golpe del lado de afuera
—nada que se parezca
al movimiento habitual de los vecinos—
me recuerda que a pesar de mí mismo
las personas siguen existiendo. 
Corro a la puerta,
miro por la cerradura  y espero,
y mientras tenso los muslos 
y paro la oreja desencriptando lo incierto,
empiezo a entender el significado
de este reflejo aprendido:
no saltaré como perro
al sentir el sonido de la llave,
no moveré mis rulos 
mientras vos te sacás la campera
y me decís «tranquilo, Bandini»;
soy un soldado japonés en una isla del Pacífico,
y mi gobierno imperial rendido,
una representación vacía 
o el sobrante de respuestas 
cuando el estímulo ya no vuelve. 

Al ver que alguien entra
al cuartito de los contadores de luz,
abro la puerta y espero en el corredor.
—¿Cómo andás, botija?  —,
me gritan con histrionismo
y enseguida reconozco a Roberto,
la espalda engrosada, 
el balde con fretacho 
colgando de una de sus manos. 
—¿Todo tranquilo, fiera? —,
repite dándose la vuelta;
el barrio se le desborda por la boca
hasta transformarlo en una parodia viviente. 
—Estoy arreglando el apartamento de arriba —me comenta
mientras baja saludando por las escaleras 
su versión en miniatura y sin bigote. 
Los hago pasar y les cuento
de los agujeros fallidos
al instalar el soporte aéreo de la tele,
de la fragilidad de los tacos fisher 
y el tamaño desconocido de las mechas. 
Y mientras Roberto regresa al pasillo
a buscar el balde con restos de mezcla,
el pibe se arrima al patio, descubre las plantas,
y con una curva melódica 
de palabras rapiditas y tonos agudos,
muy parecida a la de su padre, me dice:
—¿Son machos o hembras? Están enormes. 
Después le suelto sin ganas
mi queja de productor autoconvocado 
que vota a Sartori y planta marihuana;
le enumero las plagas
—minadora, 
          oruga, 
    cochinilla,
             trips—,
y los efectos de tanta lluvia primaveral. 
Pero me pierdo: 
lo vuelvo a escuchar 
y me acuerdo de que lo llamábamos
«el muchacho de voz aflautada»
y nos reíamos cómplices 
de la interpolación involuntaria de los timbres infantiles
o de los sonidos graves 
que no llegaba a pronunciar. 
—Quedó pronto, pibe  —
interrumpe Roberto saliendo del cuarto,
y en menos de un minuto
vuelvo a quedar solo entre la luz de la primera tarde.
«Está más grande», pienso
mientras miro complacido el detalle
del relleno en los agujeros
y me abandono a la alegría fugaz
de una vida cotidiana que nunca tuve
y que a vos te gustaba tanto verme vivir. 

(Me levanto tensado de una cuerda,
penetro en la confusión del día
y me recuerdo:

«ESTE ES UN TIEMPO DE RESISTENCIA.»

Luego me siento enfermo
—como un niño huérfano
o un libertino sin manos—
y espero a que llegue la noche
entre reproches y paranoias
que jamás te escribiría).


(Goes to Goes. Montevideo: Pez en el Hielo, 2021).

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Goes to Goes (2021)

Pez en el Hielo: Montevideo, 2021.
ISBN: 9789915932330.

Fotografía de tapa: Ruth con Teache / @ruthconteache
Diseño de colección: Bárbara Nilson / @laextranjera
Diagramación: Dani Olivar / @danioh_danioh
Corrección: Camila Guillot / @camille.guillotine

pezenelhielo@gmail.com
pezenelhielo.wordpress.com

COMPRAR: https://pezenelhielo.wordpress.com/contacto/

«Hay una novela a escasos centímetros de Goes to Goes, por una perpendicular al texto, en otra dimensión: una novela fragmentada, facetada, deforme y en explosión (es decir, una novela) que se manifiesta en nuestro plano como dos series de poemas precisos, austeros, crueles y deslumbrantes, atravesados por horizontes de sucesos, (astro)física, Pornhub, fútbol y, quizá especialmente, el paisaje derrumbado o derruido de una Montevideo horadada por agujeros de gusano, túneles/vidas que (des)conectan los barrios y las esquinas más representadas en nuestra literatura para conducirnos a parajes nuevos, Zonas extrañas e inquietantes en las que, tarde o temprano, nos percibiremos como un elemento restituido a la imagen, un caminante perdido o, mejor, un fantasma en órbita.»

Contratapa de Ramiro Sanchiz / @rasanchiz

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Épica uruguaya (2018-2020)

Épica uruguaya es el nombre genérico de un proyecto interdisciplinario para la generación de audiolibros a partir de cuentos de narradores nacionales. El tono elegido para la lectura de los textos oscila entre lo íntimo y lo levemente dramatizado; el colchón musical y la ilustración/animación buscan completar ese panorama familiar de la lectura en voz alta. La lectura a un otro es una instancia estética única, que de algún modo hemos intentado recrear. La selección de los textos es caprichosa y personal, aunque quizá obedezca a un sentido más profundo que desconocemos. Los ilustradores invitados varían relato a relato. El registro y la mezcla de los primeros cinco audiolibros se realizó en El Altillo, entre marzo y diciembre de 2018, y estuvo a cargo de Raúl Garrido. Andrés Amor se encargó de la masterización.

Lectura, selección de relato y texto crítico: Hoski
Banda sonora: Raúl Garrido

Épica uruguaya


“¡Qué lástima!” de Francisco Espínola
Tapa: Martín Buquet
Estampita Records: Montevideo, 2018.

“La esperanza de ver” de Daniel Mella
Tapa: Martina Buquet
Estampita Records: Montevideo, 2019.


“A la mesa” de Inés Bortagaray
Tapa: Gabriela Escobar
Estampita Records: Montevideo, 2019.


“Nadie encendía las lámparas” de Fesliberto Hernández
Tapa y animación: Nicolás Plá.
Estampita Records: Montevideo, 2019.


“Visiones de Johanna” de Mariana Figuera Dascto
Tapa: Lucas Roselli
Estampita Records: Montevideo, 2020.

Leer nota de Gabriel Lagos sobre el proyecto, publicada en La Diaria el 28 de marzo de 2019: https://ladiaria.com.uy/cultura/articulo/2019/3/audiolibros-con-bonus-el-proyecto-epica-uruguaya-le-pone-sonido-a-relatos-de-autores-uruguayos/

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Lengua muerta – Posfacio a Cementerio inicial de Carlos Almeida (2020)

Un conjuro de amparo
por cada palabra revelada
para ungirme la boca con viento
en vez de arena

Puede contemplarse cincelado en esta roca el primer prodigio, acuñado en su forma rúnica y antigua como pura metonimia de sí mismo. Una lengua muerta, una lengua de los muertos, alzada, proclamada ante el imposible, como un conjuro o la maldición chorreante de un graffiti. La referencia, ese gesto tan vital de inventar el mundo, se imagina golpe sordo, sensación de lo que no puede ser nombrado, y la muerte, el descanso de las almas en la ausencia de deseo, deviene entonces en fiesta de la carne, furia libertina de estímulos y silencios nunca vistos. No espere el paseante, el novato funcionario fúnebre, una advertencia temerosa ni una sentencia del destino de los hombres. Lo que guarda este nicho es el cadáver de un rezo que no redime; la receta del tejido sazonado en sus gusanos, la promesa de la eternidad de la materia, voluntariosa, encadenando las palabras en franca profecía de lo que no es humano. Puede contemplarse cincelado en esta roca el prodigio del vigor de una lengua que vive aun estando muerta, el inglés asonante de un esclavista farsante, el saber órfico de las protuberancias y los negativos.

Amé con convicción el arrullo de los terrones,
el empuje de la gravedad
de urgentes quilos de desierto

Debajo, la fusión del cuerpo a la tierra, la mutación del yo, la animación pagana de los animalillos y las raíces. Por esta escotilla no se accede a la cobardía de la metáfora, la herejía de regatear sentidos. En la penumbra húmeda y apretada late el retorno, los pasos taciturnos e insaciables, la vida ralentizada vuelta en el vértigo. Nostalgia de un tiempo cíclico, saqueo del duelo y el descanso. El muerto celebra obsceno el cajón abierto, imantando con su sueño intranquilo, repeliendo con violencia la curiosidad del intruso. Tras los escalones de este mausoleo rústico los sentidos se confunden saturados, introduciendo en la danza las variaciones propias de una eternidad que se sabe provisoria.

Soy de un semestre lejano, 
—solo de tiempo es la distancia—

Desde esta perspectiva inclinada, la grafía inicial —vieja cristalización de la garganta, artilugio filoso e impredecible— es un haz de luz partido. El efecto refractario, producido por el cambio del medio, explicita el tiempo del arriba y el tiempo del abajo, para el no-muerto, dos formas de muerte: sosiego y letargo, huracán y calvario. La lengua, enterrada como un óbolo romano, conserva la semilla de los años bajo el sol, la cotidiana dosis de asesinato y pena. La muerte es una espera de la muerte desatada, un estado necesario de transmutación y decadencia, el vestíbulo rojo de la black lodge con sus años de ensueño y aguas subterráneas. Desde esta perspectiva inclinada la vida-muerte no es más que la influencia del medio, la densidad del aire, la presión variable de la tierra bajo los pies o alrededor del féretro. 

Intenté hablar
claro que intenté hablar
y me salía aserrín de la boca

Hacia el final, pronunciado por la propia tierra como un espasmo que excede sus reglas, se escucha con claridad el segundo prodigio, el eco de la voz en la madera, la confirmación del retorno. ¿No auscultas el ritmo seguro y sádico? La lengua, llaga morada y viciosa, orada el cajón y sale del otro lado. Vampiro, hombre muerto velado por un indio llamado William Blake en algún páramo crepuscular del Oeste, cosmopolita, de mirada amplia de las eras y las generaciones; el no-hombre se dice a sí mismo, se reclama y se echa a andar en el mundo con la ansiedad del que ha pasado siglos durmiendo. La voz, esa extraña combinatoria de la lengua, deshiela sus timbres, sus cadencias, desenrosca los tornillos de embalaje de sus músculos y sus cuerdas, y grita. Ha renacido un monstruo de su propio deseo, de su propia paciencia. ¿No auscultas el martilleo del anhelo, las crónicas de la criogenia? Como un espasmo o un suspiro, la voz se pare autocomplacida y lame sus consonantes con hambre.  

Publicado en Cementerio inicial de Carlos Almeida (La Coqueta Editores: Montevideo, 2020).
ISBN: 9789974873346

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Una mirada y una fotografía – Prólogo a En el camino de los perros (antología de poetas ultrajovenes, 2018).

Este libro no puede reducirse a una mera suma de textos, entendidos como productos artísticos aislados del modo en que fueron producidos, sino que debe ser pensado como la cristalización de un proyecto dinámico que intenta abarcar las diferentes aristas del fenómeno literario: la creación, la educación, la crítica, la difusión y la teorización. Este proyecto, cuyo origen se remonta al año 2012 con los primeros talleres de Orientación Poesía en los liceos de Montevideo y Canelones, tiene su razón de ser sociohistórica. Es necesario entonces contextualizar En el camino de los perros para que la obra de los poetas y los ensayistas se ilumine, cobrando algunos de los sentidos que la sola publicación antológica podría dejar de lado. Para empezar, y sin demasiado espacio para un tema tan amplio, uno podría preguntarse qué ha sido de la poesía en los últimos treinta y cinco años y con qué signo se la ha valorado. Luego: ¿En qué consisten los proyectos Orientación Poesía y En el camino de los perros y qué tienen para aportar al presente? Será en ese marco que esta antología crítica de poetas adolescentes y jóvenes, cuyos criterios de confección serán explicitados, se presentará como una forma renovadora de entender la poesía en nuestro país.

La historia es un poco conocida: luego del declive institucional vivido en la dictadura, los ochenta trajeron consigo las esperanzas propias de la vuelta a la democracia. En poesía, esto se tradujo en un movimiento contracultural poderoso: festivales  internacionales, ediciones independientes de formato innovador, revistas especializadas en el género y el rescate de una tradición oral y performática que acercaba la poesía a las demás artes. En este escenario se destaca la labor del reconocido grupo Ediciones de Uno(Gustavo Maca Wojciechowski, Daniel Bello, Luis Bravo, Agamenón Castrillón y Héctor Bardanca, entre otros). Era de empuje, pero también de grandes desilusiones. Y es que además de la aprobación de la Ley de Caducidad, coletazo del poder y la impunidad que se creían derrotados, Uruguay cumplía con la sentencia de Juan Carlos Onetti, quien se había negado a regresar (e incluso a asistir a la asunción de mando, en 1985, a la que lo había invitado el propio Julio María Sanguinetti) porque este ya no era el país que en el que había vivido. El Uruguay batllista, con su Estado benefactor, sus instituciones modelos y su actividad cultural reconocida internacionalmente, había desaparecido.

Luego la vida cultural fue sacudida por nuevos oleajes con la dureza neoliberal de los noventa. El movimiento colectivo en poesía perdió vigor, y el género terminó por convertirse en espacio de resistencia. El mercado editorial prescindió entonces de los títulos de poesía, y la cultura, del reconocimiento más general de sus poetas. Fuera de las letras un ciudadano sabe quién es Mario Benedetti, quién es Juana de Ibarbourou o Washington Benavides, pero desconoce los nombres de los poetas de las últimas décadas. En esta marginalidad, que será a la vez condena y condición de posibilidad para hacer desde la poesía, es que se destacan algunos nombres de la posmodernidad oriental como Lalo Barrubia  y Julio Inverso. Por lo demás, la fabulación no es nueva: de Julio Herrera y Reissig para acá se prefirieron las cuevas, se aceptó gozoso el martirio. Globalizados (Bukowski, los Pixies, McHondo) y con una oferta mayor de drogas, los noventa confirmaron las premisas simbolistas que ya se traían en los genes. 

De este modo se llega a los dosmil. En su trabajo Los más jóvenes. Poesía uruguaya actual (2010) María de los Ángeles González destacaba el carácter intimista de los poetas que habían comenzado a publicar en la primera década del milenio. La caída de las utopías, retardada, llegaba finalmente en el 2004 con el triunfo del Frente Amplio. Y no era el primer golpe: dos años antes el país había vivido la crisis económica más dura de su historia, circunstancia que terminaría por desmantelar las políticas culturales del Estado. Los poetas optaban por no salir de sí mismos: la derrota, una vez más, se signaba como condición de existencia.

Por tanto, no parece preocupar la posible misión social de la poesía, más bien se asiste al descrédito de la capacidad de la palabra para incidir en la realidad y aun para dar cuenta de ella. Los nuevos lenguajes poéticos se concentran en el territorio de lo íntimo y en la búsqueda de la poesía como seña de identidad. (González, M., 2010.)

Este panorama de resistencia (de la cultura en general y de la poesía en particular), reducido injustamente aquí a un par de páginas,[1] ha generado algunos desencuentros entre el interés académico, el popular y la propia producción de poesía.  La llegada de internet y la proliferación de los llamados Ciclos de Poesía generaron un nuevo problema: la multiplicidad de discursos huérfanos, sin libro, sin relación con la crítica. El viejo sueño del canon, del panteón indiscutible de la crítica normativa colapsaba, por estar lejos del fenómeno poético, y por pertenecer a unos pocos. En un contexto en el que la academia y la educación (no formada, esta última, suficientemente en metodología y mucho menos en investigación) literarias estaban más predispuestas a redescubrir de mil maneras el pasado, no fue difícil entonces que la lectura del presente se hiciera en términos de decadencia. O bien se optó por el juicio apocalíptico,[2] o bien por (re)canonizar,[3] despreciando de un modo o de otro lo que había por comprender de este tiempo. Dejando a un lado el problema de inconmensurabilidad que puede suponer comparar épocas históricas (porque aunque no se explicite, la valoración es el centro mismo del problema) el gesto de indiferencia, de nostalgia, de frustración o de mera superación no es positivo: se desentiende de lo que está pasando. Menosprecia la realidad en nombre de la Edad de Oro, la homogeniza; no se pregunta cómo crear en ella. 

La clave para comprender es conocer qué está sucediendo, reconociendo así las posibilidades y deficiencias de un tiempo en sus continuidades y sus florecimientos. Contra la figura de la decadencia se puede oponer la de un verdadero renacimiento. En el epílogo de De divina proporción (2017), antología de poetas contemporáneos realizada por Laura Alonso para la recientemente creada editorial La Coqueta, Luis Bravo (2017) tira algunas puntas:[4]

He aquí un listado incompleto de lo que ha venido haciendo esta camada emergente [es decir, los poetas que han empezado a publicar, a leer y organizar movidas poéticas en este milenio]: la Ronda de Poetas que cumplió diez años; el Slam de Poesía; los Festivales (Gusto Tuyo, eÑe, Filba, el Mundial Poético); el Ciclo de Poesía Perfomática en el cce; el proyecto de itinerancia internacional (texto, video, fotografía) que porta Martín Ubillos; las muestras de poesía visual y sonora, y las prolíficas grabaciones experimentales accesibles en línea realizadas por Juan Ángel Italiano; la consideración crítica de la emergencia juvenil en Revistas especializadas (Sic; Lo que vendrá; Paréntesis; Sotobosque), en ponencias de Congresos y Cursos académicos (aplu; Lasa Cono Sur; ipa); los muchos ciclos de poesía que se abrieron en estos años en boliches y en espacios teatrales, además del sostenimiento del decano Caramelos y Pimientos; la proliferación de la puesta en voz en recitales de poetas junto a músicos formando bandas, y la publicación de sus respectivos Cds [sic]; el proyecto Orientación Poesía, que realiza talleres en las aulas de la enseñanza media; la gestión de En el camino de los perros, un colectivo de poetas adolescentes; las muestras de poesía y diseño en diálogo con México, España, Argentina organizadas con participación universitaria por Yaugurú; el estreno de decenas de nuevos poetas en las editoriales ya mencionadas y en otras preexistentes; los programas de Radio, sobre todo desde el sodre que han dedicado columnas y secciones específicas a la poesía (La Máquina de Pensar, El Truco de la Serpiente, El Tunguelé), el Podcast de Miguel Ángel Dobrich, las Revistas en línea y los blogs son, al barrer, acontecimientos que dan cuenta de la vitalidad que los poetas le han imprimido a nuestra cultura en estos primeros 17 años del nuevo siglo. Qué alcance tendrá esta ebullición como para conformar una generación es algo que algún día se verá. El temperamento más bien desconfiado de los uruguayos es lento en sortear prejuicios y en visualizar con generosidad el presente; si me tomo el trabajo de nombrar eventos es para que se vea como hecho contundente todo lo [que] viene sucediendo en las tiendas poéticas nativas.

En este contexto, limitado y a la vez fértil, es que surgen Orientación Poesía y En el camino de los perros. Inquietos por el ya conocido problema de recepción que tiene la poesía, con Miguel Avero y Santiago Pereira decidimos en 2012 comenzar a leer nuestros poemas en los liceos. Nos guiaba la utopía de un público más genuino, menos viciado y más sincero. Al principio fue difícil: solo algunos docentes de nuestra propia generación se animaron a organizar la experiencia. Sin embargo, el proyecto comenzó a crecer y a mutar, transformándose rápidamente en un valorado taller de poesía contemporánea, en el que se privilegiaba la multiplicidad de estéticas y la creación, profesor mediante, de los propios alumnos. No se trataba solo de un recital poético (instancia por sí sola interesante), sino de acercar al aula el fenómeno de poesía viva en su multiplicidad de expresiones y motivaciones. Comenzó entonces, en la práctica, un largo proceso de reflexión en el que fuimos comprendiendo que el problema de la recepción literaria estaba íntimamente ligado al de la educación. Por un lado, la constatación de que el órgano más poderoso de reproducción canónica de todo el sistema literario, los cursos de Secundaria, dejaban afuera casi cualquier acercamiento a autores vivos, poniendo a las obras literarias como cosas que habían sido en un lugar y/o tiempo lejanos;[5] por otro, que se trataba de cursos casi exclusivamente de hermenéutica, es decir de interpretación: los programas no contemplaban la creación como parte central de la educación en Literatura, reproduciendo un modelo de docente-experto que obtiene su objetividad y prestigio en la distancia crítica del objeto artístico que enseña. Esto tiene su raíz en la propia formación docente, en la que los alumnos (muchas veces también poetas) se ven enfrentados a un pasado canónico y clausurado, y una formación pensada al margen de la investigación. Sin embargo, Orientación Poesía, como un proyecto que busca devolver la creación y la investigación sobre el presente al seno de la educación,no existe en solitario: las experiencias de Fabián Severo en el liceo de Toledo N°1, la de Yanina Vidal con su colectivo de investigación teatral o la de Claudio Paolini, como profesor de Metodología en el ipa y responsable del Grupo de Investigación sobre Literatura Fantástica Uruguaya, son muestras recientes de un interés académico similar.

En cuanto a En el camino de los perros, se trata de una idea de Miguel Avero, en la que nos vimos involucrados primero Santiago Pereira y yo, y luego también la profesora y poeta Regina Ramos, y la fotógrafa Paola Scagliotti. El proyecto toma su nombre de unos versos de «Sucio y mal vestido», de Roberto Bolaño (2000), en los que se dice: «En el camino de los perros mi alma encontró / a mi corazón. Destrozado, pero vivo, / sucio, mal vestido y lleno de amor. / En el camino de los perros, allí donde no quiere ir nadie», y se inspiró en la búsqueda de poetas adolescentes que la escritora española Luna Miguel estaba realizando a través de las redes sociales. A partir de allí el problema fue el de hacer de puente entre los creadores jóvenes y adolescentes, y el sistema literario. Surge así la categoría del poeta ultrajoven. Desde el año 2015 comenzamos a publicar poetas que tenían entre quince y veinte años en nuestra plataforma virtual, con una regularidad de un autor cada dos semanas. El proyecto también creció y en el mismo año inauguramos un ciclo de lecturas en la cafetería Momentos. Luego vinieron las invitaciones a recitales poéticos, festivales, congresos, los slams, la incorporación de los ultrajóvenes a los talleres de Orientación Poesía y los encuentros de escritura: los poetas ultrajóvenesdeslumbraban no solo por su juventud, sino también por la calidad y variedad de sus textos. El empuje llevó a la formación de un colectivo que incluía a poetas antologados y coordinadores, haciendo que el proyecto tomara un carácter más horizontal, al mismo tiempo que se ajustaban los mecanismos de publicación, atendiendo a la comprensión creciente de que la literatura no podía ser pensada de manera escindida: creación, educación, crítica y ética entre los artistas son las caras de un mismo fenómeno.

Desde el primer momento quedamos sorprendidos por la cantidad de poetas que acudieron a nuestra convocatoria, confirmando la mirada de Jesse Lee Karcheval (2016), quien en su reciente antología bilingüe de poetas emergentes uruguayos, América invertida, señala: «Uruguay is proud of producing a disproportionate ate number of world-class soccer players, a valid position for a country that hosted and won the first World Cup. But, as I discovered living there, Uruguay produces an equally high number of fine poets». Siendo responsables de la edición, nos encontramos con el ya viejo problema de la crítica: ¿Cuál es la relación entre la calidad y la cantidad? Dos directivas opuestas nos guiaban: la necesidad de curar una antología móvil de poesía, lo cual implica un cuidado en la exposición de los textos y de los autores (adolescentes en su mayoría), y la de incluir en ella a diferentes voces, que, además, correspondían a poetas en formación. Es allí que fue necesario repensar las relaciones entre ética y estética, tan cuestionadas en otros ámbitos de la actualidad, dejando de lado por igual, el desprecio posmoderno a la crítica y la valoración estética, y las nociones elitistas heredadas de la formación académica. Pensamos entonces que este proyecto debía tener también un carácter educativo. Decidimos que la participación sería voluntaria, y que la edición se daría en el marco de un proceso. Los poetas ultrajóvenes comenzaron a enviarnos sus textos y estos fueron leídos por dos o más de los coordinadores. Les hacíamos sugerencias de tipo gramatical, estilístico, intertextual y hasta de recepción, cuidando siempre las instancias de devolución, entendiendo que el ejercicio de la crítica debía hacerse a un mismo tiempo de manera rigurosa y didáctica. Las elecciones que hacen a las versiones finales de sus textos se dejó siempre en sus manos. Luego, decidimos también incluir a poetas y docentes externos como editores, asegurando no solo una mirada plural, sino también cierta empatía estética. La poesía es uno de los objetos artísticos más escurridizos; pretender cortar todas sus variantes con el mismo cuchillo no sería más que una torpeza. El proceso, de renovación constante, llega en este 2018 hasta la conformación de un comité editorial que incluirá, entre otros, a algunos de los ultrajóvenes que ya fueron editados. A tres años de iniciado En el camino de los perros, y al momento de editar de este libro, se ha logrado una muestra de calidad (respaldada además por los premios e invitaciones que nuestros poetas han comenzado a recibir), heterogénea e inclusiva, desmintiendo así el presupuesto reaccionario de que a mayor cantidad la calidad empeora.

Otra de las preocupaciones teóricas que nos asaltó en estos tres años es la del reconocimiento artístico. En primer lugar, tomamos el tema sin prejuicios ascéticos: la poesía es un fenómeno social de diferentes instancias, y la valoración es parte central de este. Publicaciones, concursos, festivales, el libro como objeto de distinción: todos los espacios de producción de reconocimiento fueron tenidos en cuenta y se intentó que los poetas ultrajóvenes tomaran contacto con ellos. No faltará quien diga que este es un trabajo inútil, que el intelecto debería estar puesto en el estudio de la obra patrimonial de nuestros autores, muchos de ellos desconocidos por las nuevas generaciones. La oposición es falaz. Primero porque este proyecto se propone acercar lo emergente al sistema literario, lo que implica recomendaciones de lecturas en particular, y un contacto con la tradición poética en general. No intentar agotar la educación y el estudio literario en ella no significa desconocerla. Abrirse a nuevas estéticas y sus corrientes de influencia desconocidas es un esfuerzo complementario al reordenamiento y difusión del archivo literario. Y en segundo lugar, porque la falsa oposición no comprende que los problemas que tienen los jóvenes para acceder a las instancias de reconocimiento tienen la misma raíz que la del olvido patrimonial. El mantra: país pequeño, mercado pequeño, poco espacio para todos. Que los poetas de las generaciones precedentes no hayan alcanzado un lugar acorde a su trayectoria hace a los parricidios una utopía, un sueño deforme en el que el cuchillo no apuñala y nadie muere. En este libro también se intenta dar una solución diferente a este problema. Por un lado, editando a veintiséis poetas emergentes, en un intento fotográfico que no se erige como promesa de nada: que es. Por otro, acompañando su obra con una serie de ensayos personalizados escritos por docentes y poetas de una generación mayor. Al parricidio (pero también al filicidio)imposible se le opone la fraternidad intergeneracional, sana costumbre heredada específicamente de los espacios de poesía oral.

Es por ello que la presente antología parte de las condiciones de posibilidad de nuestro tiempo, tomando lo que los poetas pudieron haber ganado en estos últimos treinta años: la publicación virtual como método eficaz de difusión, los ciclos y recitales de poesía oral como lugar de encuentro y espectáculo artístico con sus propias reglas, la necesidad de juntarse en colectivos artísticos, rompiendo con la mitología del poeta aislado, misántropo y sin intercambio mundano con sus receptores. Si de la dictadura para acá el valor social de la poesía ha sido conflictivo, en esta nueva generación de poetas se reencuentra con nuevas formas de solidaridad.

La edición de un libro siempre es celebrada, pues, a pesar de los vaticinios, el libro ha conservado su lugar de jerarquía. Sin embargo, no tiene sentido defender aquí la calidad de los autores antologados y sus diferentes poéticas; eso queda a juicio del lector. Tampoco es necesario clasificar o dar un panorama de las obras, cuando cada uno de los poetas viene acompañado de un ensayo crítico que lo reseña. El orden que se le ha dado al conjunto del libro responde más que nada a la necesidad de generar estructura y movimiento; los apartados corresponden así a estaciones, a imágenes comunes, a ciertas posturas poéticas evocadas por el nombre mismo del proyecto. Quizá también sea necesario aclarar que la noción de poesía que se maneja es amplia, entendiendo que en el contexto actual la poesíaes un campo de refugiados para diferentes tipologías, que, más allá del reconocimiento académico, no encuentran en el mundo un lugar seguro. Poesía en prosa, textos descriptivos, poesía dramática y narrativa, la clásica poesía lírica; el criterio en este punto también fue inclusivo. Los poetas que conforman En el camino de los perros configuran todo un movimiento. He aquí la foto reluciente, uno de los tantos encuentros posibles del presente con la poesía, que estaba enferma, es cierto, pero estaba viva.

* * *


[1] A manera de compensación, hacia el final del ensayo se anexa una bibliografía con varias antologías contemporáneas de poesía, con sus respectivos prologuistas. De ese modo el lector podrá tener una idea más cabal y justa del tema.

[2] Por ejemplo, se puede leer al prologuista de un libro de poesía contemporáneo despacharse con un juicio tan definitivo sobre la contemporaneidad, sin tener en cuenta que, quizá, el problema sea el de repensar la crítica: «Esta situación [la ausencia de variaciones en la forma] de la poesía, constante desde hace décadas, hace difícil establecer diferencias entre propuestas; sobre todo, diferencias cualitativas, más allá de las variantes que correspondan al oficio, a la inteligencia o al ingenio. Con esas dificultades se enfrenta, una y otra vez, la crítica», (Apratto, 2013).

[3] Dos ejemplos, diferentes entre sí, son el Orientales. Uruguay a través de su poesía (2010) de Amir Hamed, editado originalmente en 1996, y Voz y palabra. Historia transversal de la poesía uruguaya 1950-1973 (2012) de Luis Bravo. En el primero se realiza la reafirmación del canon de las voces poéticas uruguayas, ubicándolas en el territorio, y en una decidida posición de margen. El movimiento de archivo solo da lugar al presente en tanto pueda dialogar con ese canon. En el caso de Voz y palabra, se trata de una historia de la poesía de mitad del siglo xx que tiene en cuenta nuevos criterios de valoración, entendidos «… a lo largo del libro, como una compleja mezcla de expresividad, originalidad, repercusión y generación de redes de lecturas y escrituras a partir de los puntos nodales conformados por las obras» (Sanchiz, 2012). El canon que propone Bravo es más inclusivo, tiene en cuenta el plano social de la literatura, y parte además de la producción académica presente sobre la llamada puesta en voz de la poesía. No es casualidad que su producción, a diferencia de buena parte de poetas y académicos consagrados, fluctúe entre el pasado, su generación de origen y el presente.

[4] A esta lista podrían agregarse, por ejemplo, las dos bienales de poesía (2015 y 2017) y las nueve ediciones del concurso nacional de poesía joven Pablo Neruda, organizados por la Intendencia Municipal de San José; y las diez ediciones de los Encuentros de Escrituras y la reciente antología de poetas de Maldonado (1985-2017), La ballena de papel (Pereira Severo, 2017), realizados y apoyada por la Intendencia de Maldonado, respectivamente.

[5] Hay voluntad de revertir la situación en algunos profesores. De hecho, a partir de reiterados pedidos en salas docentes, el Programa de primer año de Bachillerato (ces, 2006) pasó a contemplar la inclusión de autores hispanoamericanos y uruguayos, algunos de ellos contemporáneos. En la práctica, y dependiendo de quién esté a cargo del curso, siempre se corre el riesgo de momificar el fenómeno literario.

Publicado en En el camino de los perros. Antología de poesía uruguaya ultrajoven coordinada por Hoski (Estuario: Montevideo, 2018).
ISBN 978-9974-882-41-6

Leer libro completo en Biblioteca País (CEIBAL): https://bibliotecadigital.ceibal.edu.uy/info/en-el-camino-de-los-perros-antologia-de-poesia-ultrajoven-00016430

Leer muestra poética de Olivia Arocena y ensayo de Romina Serrano: https://liberoamerica.com/2018/08/20/comentario-sobre-la-poesia-de-olivia-arocena-uruguaya-presente-en-la-antologia-critica-de-poesia-ultrajoven-en-el-camino-de-los-perros/

Leer dos muestras poéticas del libro: https://sujetos.uy/2018/08/14/poesiaultrajoven/

Leer muestras poéticas virtuales de poetas ultrajóvenes 2015-2021: www.enelcaminodelosperros.wordpress.com

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La expansión del universo de Ramiro Sanchiz: una novela de ideas (reseña, 2019)

¿Un nuevo Sanchiz?

Publicada por Random House (Montevideo, 2018), La expansión del universo es la última novela de Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978), prolífico escritor de ciencia ficción uruguayo, y crítico-pugilista de música y literatura. La obra tiene como narrador-protagonista a un joven difusor científico uruguayo, emigrado en España, que acaba de editar su primer libro, de mismo nombre que la novela. A su vez, la estructura de esta va intercalando algunos capítulos de ese libro ficticio, en el que se desarrollan de manera didáctica algunas teorías contemporáneas sobre la creación, expansión y fin del universo –en íntima relación con las nociones de espacio-tiempo– con otros en los que se desarrolla la acción, distribuida en tres líneas interconectadas que el narrador explícita: su propia vida, signada por el encuentro de un cuerpo en Pinamar en 1988, cuando niño, su frustración en la carrera científica y su reciente y progresivo descubrimiento como escritor, la historia de Emilio Scarone, mítico narrador de ciencia ficción de los 90, personaje camaleónico y delirante desaparecido a principios de los 2000, por quien el narrador se interesa luego de conocer Alfredo Kowak, otro cultor del género con relativo mayor éxito que su maestro Scarone; y finalmente, la historia de su tío –también emigrado, aunque por razones políticas–, y por ende, de toda su familia, signada por el tabú y la violencia vivida en el país a partir de los años 60. Todo esto parece mucho, pero aún hay más: el narrador-protagonista es Federico Stahl, quien configura lo que Gustavo Verdesio reconoce como “el proyecto stahlinista” (“Variaciones Goldberg en clave de Stahl”: La Diaria, 19/7/2016), una macronovela de universos paralelos en los que se establecen puntos de divergencia históricos –en La vista desde el puente (Montevideo: Estuario, 2011) por ejemplo, la historia de la Banda Oriental es alterada, para presentar un Artigas triunfador que finalmente deviene en tirano– y para el propio personaje, quien, más allá de algunas coincidencias que hacen a la infancia, también varía. Pero a diferencia del resto de las novelas que lo conforman –El gato y la entropía #12&35 (Montevideo: Estuario, 2015), Verde (Montevideo: Fin de Siglo, 2016), El orden del mundo (Montevideo: Fin de Siglo, 2017), entre otras– en La expansión del universo el relato no mantiene mayores divergencias –nombres de películas, algún personaje que podría identificarse con un escritor local– con nuestro mundo, y de hecho el tono realista con el que se desenvuelve la historia hace difícil encasillarla dentro de la ciencia ficción. Por último, el misterio que anima buena parte de la novela, y que como un anillo de acreción amalgama las tres líneas narrativas mencionadas –la del narrador, la de Scarone y la de su tío– implica el tratamiento de la historia reciente uruguaya, acercándolo a un espacio que el propio Sanchiz ha cuestionado –sobre todo por su ligazón a la llamada literatura comprometida. Todo esto lleva a Alicia Torres (“El arte del disfraz”, Brecha, 3/8/2018) a cuestionarse: “¿Qué pudo haber sucedido? ¿Tendrá algo que ver que sea el primer libro del autor publicado por un grupo multinacional y no por las editoriales independientes, a veces muy pequeñas, en general audaces, que hasta ahora lo habían patrocinado? ¿Asistimos al nacimiento de otro Sanchiz? ¿Es La expansión del universo una vuelta de tuerca radical en su proyecto no realista de mundos paralelos?”. Una posible clave a estas preguntas puede buscarse en el propio proyecto de Sanchiz, entendido como un proyecto conceptual.

Con la metáfora

Los guiños metaliterarios abundan en el libro. En la conversación en la que Stahl conoce a Kowak, y por ende accede al mundo de las luchas culturales del under uruguayo de los 80 y 90, se da un intercambio sobre el uso metafórico de la palabra “entropía”.  Entonces Kowak, encarnando la radicalidad de una ciencia ficción al margen del margen, afirma “A mí no me gustan las metáforas. […] Monstruos son monstruos, marcianos son marcianos, pistolas de rayos son pistolas de rayos. Lo demás son mariconadas” (p.43). La fuerza de la ciencia ficción, y así parecen confirmarlo los libros anteriores del proyecto Stahl, radicaría en un uso del lenguaje que imita al científico, que evita en lo sustancialidad desviarse de la referencialidad, para maravillar con una realidad alternativa y no con ingenios del lenguaje. Lo sorprendente es que Stahl procede de manera inversa en la historia que narra en este libro. Porque si bien se puede hacer hincapié en el carácter “realista” del relato, es decir la ausencia de divergencias temporales o de encuentros con seres extraños, este funciona de manera solidaria con un mecanismo metafórico que permite dar cuenta de la historia reciente como misterio, convirtiendo las descripciones sobre el origen y el fin del universo –extraídas del ficticio libro de difusión científica– en verdaderas figuraciones de la subjetividad del personaje narrador. Fuerzas que acercan y alejan los objetos en el espacio, discos de acreción, temporalidades pensadas bajo la teoría de la relatividad; todo ello no es más que teoría, primero, y una forma de acercarse a la memoria individual y colectiva, luego. El ejemplo más explícito de esta conversión hereje de Stahl en literato, en el sentido peyorativo que Kowak usa para el término, sea talvez el episodio en el que el protagonista se encuentra en la biblioteca de su tío y siente una especie de epifanía en la que los objetos –cargados todos de un pasado simbólico y de un orden preestablecido– se colocan en espiral, dejándolo en el centro (p. 155 y siguientes), emulando así un fenómeno astrofísico.

Una novela de ideas

En una entrevista ficticia publicada por Sanchiz en uno de sus blog Stahl afirma: “Una cosa a la que no temo es a la narrativa de ideas. […]Por ejemplo llevar esas «ideas» al nivel de los personajes, al diálogo entre sistemas del mundo” (Aparatos de vuelo rasante, “De una entrevista a Federico Stahl. Recuperado de: http://aparatosdevuelorasante.blogspot.com/2011/07/de-una-entrevista-federico-stahl.html).

Para Stahl esa narrativa se opone a la novela como artificio de lenguaje y a una de tipo de purista que relata hechos con intención efectista, descartando finalmente a la literatura comprometida en tanto narrativa de ideas hegemónica.  La expansión del universo debe ser leída en esa clave, no tanto como exposición de una teoría a la interna de la novela –ya que esta es soporte más bien metafórico– como en relación al propio proyecto Stahl. Esta novela debería pensarse como un grado cero de la divergencia, y en última instancia como un chiste. El abordaje de un tema que el propio Sanchiz ha rechazado, el tono realista y la conversión herética de su protagonista en literato –cultivo del estilo incluido–, y hasta el tratamiento naif de una historiografía batllista harto conocida parecen ser una variación posible más de los universos paralelos del proyecto. La historia reciente, con sus agujeros de gusano –el regreso de Sanguinetti y Amodio, como ejemplos frescos– es lo suficientemente intrincada e inverosímil como para constituir un universo stahlinista. Finalmente, el modelo al que parece acogerse para esta ficcionalización de la historia reciente se emparenta más con cierta narrativa contemporánea –Las arañas de Marte de Gustavo Espinosa (Montevideo: Estuario, 2011) o Adiós Diomedes de Leandro Delgado (Ediciones Planetarias, 2005)– que a la tan mentada y poco definida literatura comprometida.

Ramiro Sanchiz, La expansión del universo. Random House: Montevideo, 2018.
ISBN 9789974888746

Publicado originalmente en La Diaria el 15 de marzo de 2019:

https://ladiaria.com.uy/cultura/articulo/2019/3/una-novela-de-ideas-la-expansion-del-universo-de-ramiro-sanchiz/

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El ojo en la bala – Reseña de Un árbol opaco imita a la intemperie de Andrés León Miche (reseña, 2019)

El próximo jueves 7 de febrero, a las 20 horas en el espacio Contraluz(Jackson 865), se presenta Un árbol opaco imita a la intemperie, libro debut de Andrés León Miche (Montevideo, 1985), junto a  Rivothriller de la mexicana Zaría Abreu (México D.F., 1973). Ambos poemarios pertenecen a Pez en el hielo, editorial independiente creada en 2016 por los escritores Gonza Baz y Dani Olivar, que tiene ya en su haber ocho títulos, incluyendo autores nacionales e internacionales, poemarios, antologías narrativas y hasta una coedición junto al colectivo Asamblea instituyente que trabaja con personas psquiatrizadas. El recorrido de este proyecto se enmarca en un verdadero renacimiento de las editoriales artesanales o autogestionadas en Montevideo, que se vio cristalizado en el año 2017 con la conformación de Sancocho, colectivo que aglutina a varias de ellas (La Coqueta, Salvadora, Factor 30, La Propia Cartonera, Astromulo, Pez en el Hielo y Dios Dorado, entre otras) y que viene organizando desde entonces ferias del libro en distintas partes de Montevideo. El propio Andrés León no es ajeno a esta modalidad de edición, ya que forma parte de los colectivos La Propia Cartonera y Estampita Records, sello musical, este último, con el que editó Después está el río (Montevideo: Estampita, 2017) disco de canciones en formato cantautor con una lírica muy similar a la de Un árbol opaco imita a la intemperie.

Creador de mundos

La poesía lírica ha sido caracterizada tradicionalmente como expresión de sentimientos de un yo, asociado de manera más o menos feliz al autor y sus peripecias. Que el simbolismo y las vanguardias hayan problematizado la posibilidad de ubicar la subjetividad del emisor en el texto, hace ya más de 100 años, quizá sea una de las razones por las que al público suele costarle la lectura de poesía. Es que desde el «Non serviam» (1914) de Vicente Huidobro la palabra poética se ha decidido por la creación de sus propios mundos, lo que implica, o bien la ausencia del yo, o bien su colocación en un plano más demiúrgico. Este el caso de Un árbol opaco imita a la intemperie de Andrés León, poemario estructurado en tres secciones –«Réplicas», «Deriva y mala caligrafía» y «La vida pequeña»–, en el que no solo se despliega un cosmos original, con sus propias reglas y objetos, sino que también se reubica al yo frente al acto y el producto creativo, en una verdadera epopeya de la emergencia de todos ellos.

En este contexto, la apuesta fuerte de estos poemas es el mecanismo de generación de imágenes, que mediante un tono narrativo –y en complicidad con el excelente diseño serigráfico de tapa de Dani Olivar, y las sugerentes fotografías de Guillermo Wood que funcionan a manera de interludio entre las secciones– oscila de manera arbitraria entre una urbanidad cotidiana y extrañada, y una naturaleza con aires oníricos –las dunas, el río, la nieve–. Este mecanismo constituye toda una physica en la que la convivencia del presente y el pasado –«nosotros somos el tiempo»–, permite a los objetos aparecer, superponerse, transmutar o desaparecer en la bruma sin ningún aviso: «un árbol opaco imita a la intemperie / el sonido de unas manos que preñadas del aire desaparecen». El mundo, siempre inabarcable –«quién se oculta detrás del lenguaje: los edificios»–, es moldeado constantemente por fuerzas anteriores al sujeto. La actividad artística no difiere de esas fuerzas; también incide en el mundo, le da sentido, lo hace su materia –«hay o había / un lápiz / una página / un árbol // una voz recortando una nube / una serie de edificios / una tierra imprecisa trabajando los cuerpos»–, invirtiendo de este modo el orden romántico: si hay sujeto y subjetividad, solo es posible por la necesidad arcaica de ser y entender el mundo, de crear.

El ojo en la bala

En los poemas de Andrés León –y también en canciones de su autoría como «Las grúas» [presente en el compilado Todo prensado fue mejor. Estampita Records: Montevideo, 2019]– la emergencia del yo se encuentra ligada al insistente recurso de acortar la distancia entre el objeto creado –el contenido del propio texto– y su proceso de creación, haciendo de este último el tema central del poemario. Durante todo el poema extenso que compone la sección «Réplicas» se puede ver explícito el mecanismo: «uno escribe pequeñas réplicas / modificándolas / […] / allí se confunden el mapa y el territorio». Parafraseando el refrán, aquí no se pone el ojo –en tanto subjetividad– sobre el objeto sobre el que caerá la bala, sino que el ojo mismo –transmutado en agente primario de ordenamiento del mundo– se encuentra en la bala y su trayectoria hacia el objeto: «la mirada parece seguir un hilo / o hacer pie sobre él, dispersándose». Es entonces la mirada creadora la que permite entrever al yo como demiurgo, dios hacedor inmerso en la misma cosmogonía que intenta recortar.

A partir del poema extenso que compone la segunda sección –«Deriva y mala caligrafía»– se hace más fuerte la presencia de un yo difuso –a veces en la primera persona del singular, a veces en la del plural-, lo que puede relacionarse con la intertextualidad explícita y constante que el poema –y en buena medida todo el libro– tiene con el cine –Tinto Brass, Clint Eastwood–, la literatura –Marguerite Durás, Goethe, Flaubert– y hasta la televisión. La emergencia de la ficción del yo, enunciada en el poema «Una mujer baja a las dunas» mediante la pregunta «¿pero qué cosa sería el otro extremo / de algo amargo y laborioso, un diario, una fotografía, / una cinta atada a un árbol?», está íntimamente relacionada con la apropiación de otras ficciones, y con una intervención de la sensibilidad ya despegada del cosmos en el que está inmersa. El mundo se ha vuelto insoportable, y el gesto creador –incluyendo la lectura– un gesto de resistencia ociosa paradójicamente asentado en la lengua de los otros –«trabajo copiando palabras»–. Finalmente el anhelo romántico de objetivación de ese yo y su historia mediante la obra también se vuelve imposible, lo que termina por redundar en un sujeto fantasma, una «mala caligrafía» sin fuerza para imponerse en lo real. Una vez más el ojo se coloca en el trayecto de la bala, y si la literatura no redime, su ejercicio –y no su producto– parece ser el único modo en que el yo, y su correspondiente lector –presentado en uno de los poemas de la última sección como un sospechoso alejándose de la escena del crimen–, pueden existir.

Andrés León Miche. Un árbol opaco imita la intemperie. Pez en el hielo: Montevideo, 2017.
ISBN 978-9974-8737-2-8

Publicado originalmente en La Diaria, el 5 de febrero de 2019: https://ladiaria.com.uy/cultura/articulo/2019/2/el-ojo-en-la-bala-un-arbol-opaco-imita-la-intemperie-de-andres-leon-miche/https://ladiaria.com.uy/cultura/articulo/2019/2/el-ojo-en-la-bala-un-arbol-opaco-imita-la-intemperie-de-andres-leon-miche/

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Jugar con la palabra (Martín Uruguay Martínez, 2015)

Jugar con la palabra

Jugar con la palabra es descorrerle el prepucio al verbo
des-correr, des-hacer
hacer el amor en roma
y jugar a la quiniela todos tus versos a la cabeza.

Jugar con la palabra:
jugar con la palabra es como andar en buggy
es como tener ocho años y mostrarse los penes con el vecinito
en una tarde calurosa de los 90's.

La palabra
pppppppppppppppp
aaaaaaaaaaaaaaaaa
labra - lllllllll - abra
las llaves de todos los mundos posibles
Huidobro tan gordo boludo
como el Yahvé que le afanaron los judíos a Babilonia.

(Cuidado
entre nozotroz merodea el Poeta
¿no zentíz zu perfume?
¿no vizlumbraiz zu zangre azul?
El poeta ze agazapa por entre las mezaz	
y va lanzando zu conjuro apalabrado
a cuanta muchacha encuentra).

Jugar con la palabra como un caramelo en la lengua
disolver el mor-fema
mema metafórica 
el glande se mueve con gracia en la boca.

Jugar con la palabra a las escondidas
proliferan los sonidos del sintagma
y se escabullen prestos
como un susurro que danza entre tus orejas.

(El Poeta pazea zu vazo de whizky
se acuclilia en una meza
y le habla al oído a la Poetiza…
Qué guzto que haiaz venido, comenta
y justo ahora que io te anduve leiendo
exquizitoz son tus poemaz
tienen un algo ahí de Maroza).

Luego, una multitud 
compuesta únicamente de poetas muertos
se levantará de sus asientos 
y aplaudirá la función y la lectura.
Uno, dos, diez, mil lautreamones enclaustrados
que vinieron para ver re(su)citar a un amigo
o quizá para exponer con voz de muerto
los versitos que se empeñan en decir “para mí mismo;
para mí mismo es para el único que escribo”.

	*	*	*

El poeta ha dezaparezido
ze ha zubido al taxi con la muchacha a cueztaz
díjole que tenía vino,
díjole aquello de Julio Inverzo 
“el eufemismo erecto, la mañana ciega:
un cadáver exquisito
con una joven poeta”…

El poeta ha dezaparezido
y arriba del eztrado aún hay gente rezitando
queda un escritor solo
los demáz ze han alejado…
¿Quién pagará la Pilzen?
¿Quién la porzión de pissa, el faina oscuro 
ahora que todoz loz poetaz ze han borrado?


Publicado originalmente bajo el seudónimo en Martín Uruguay Martínez, Poemas de la pija (EPD: Montevideo, 2015). 

Escuchar puesta en voz del poema por El Gordo Poesida y sus Noktilukas: 

Destacada

Del proyecto Sara (2019)

Verdisol

Verdisol era un complejo eslovaco de viviendas 
para el hijo del Hombre Nuevo:
la madre trabajadora social,
el padre técnico de barba y termo.
Verdisol era un lagarto de hormigón 
y vos habitabas su pico: 
los dientitos en hilera, 
la boca torcida y cínica. 
Verdisol era adherencia de Verano 
y un living devenido en cuarto
–una paja, diez poemas–,
el eufemismo recurrente 
de que lo nombraras Sayago.
Verdisol era un espejo
o un portal en el que nos cruzamos,
que me regresa a mis días de Toledo,
de ansiedad de la muerte en la boca
y milicos. 

Publicado originalmente en el álbum Verdisol de Sara.
Escuchar el disco: https://sara123.bandcamp.com/album/verdisol
Tapa del álbum: Ruth con Teache
Donde estaban tus cenizas ahora está lleno de cotorras

El derrame verde de un eucaliptus a otro
delineando preciso los límites de la taxidermia:
las costuras que no cubren la expansión del ruido
y la sal aplicada con arte a pellejos y plumas
-signo/reverso/signo-
como un viento atómico que arrasa y conserva.

-Para esta navidad le voy a pedir a Papá Noel 
que me convierta en un niñolo de verdad.

El gusto íntimo de contemplar
cómo nos fuiste esculpiendo a teclazos tu propio epitafio;
la manera en que firmaste con bilis y mierda
-para siempre/ahora/siempre-
sobre el azul y el blanco de tu mausoleo:
anonimato garantizado, exposición de un moribundo. 

-¿Querés serlo todo para alguien al que le queda poco?
Ser solidario es recibir dando.
(Alguien que me regale un Supernintendo).

Y la luz filtrada por entre los robles del Botánico
en la merienda de sábado sin tierra ni cruces
-fuego/aire/fuego-;
un replay de vuelo en donde estaban tus cenizas 
o la pluma despeinada de la última cotorra,
-más que vulva bizarrada /más que erección anhelo -
abanicando el vaho de tu pieza en Verdisol,
como la bocina de tus parlantes
o el ventilador también moribundo. 

El loro uruguayo
solo quiere estar muerto
le crecen gusanos 
ya no está para cualquiera.
Los hámster no encajan
solo quieren estar muertos...


Publicado originalmente en el álbum Donde estaban tus cenizas ahora está lleno de cotorras de Sara.
Escuchar el disco: https://sara123.bandcamp.com/album/donde-estaban-tus-cenizas-ahora-esta-lleno-de-cotorras

Tapa del álbum por Piki
Destacada

Observaciones (2013)

Ante todo soy naturalista
y escucho el crujir de los hielos en el Polo Norte,
el resoplar del oso invernante 
y el aletear del pez escondido.
No descanso;
el ojo se pone solo y mi cabeza secunda,
la semiótica del cosmos
se me abre como una gran vagina.

La brasa sintetiza toda sabiduría,
como una metonimia sangrante
o el arjé que da a luz al mundo.
No hay metáfora 
ni zurcido 
que resista:
el diente de la polilla
desgarra y traga en silencio,
proyectando sus grafemas
por encima de la hoja. 

Soy antes que nada un naturalista,
un geógrafo anacrónico,
el mismísimo Capitán Parry.
¿No me has visto?
El hocico hundido
en el hormiguero fulgurante,
entre la oscuridad telúrica
de las arañas pollito;
en lo más escondido del armario,
en la hora de la pelusa
y los ciclos desfasados de la vida
escando obsesivo 
el batir ceniciento de la polilla. 
Soy yo, sí,
quien despliega como suyas esas alas. 


Publicado originalmente bajo el nombre "Pero ante todo soy naturalista" como gigantografía publicitaria exhibida en Parque Rodó (Montevideo) e inscripción en vidrio en el Café Tribunales (Montevideo), seleccionado en el marco del festival de poesía urbana y diseño Zona Poema, año 2013. 



Diseño de gigantografía de Ernesto Siola Arriola
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De Poemas de Amor (2010)

Voy metiendo en esta caja

desordenada, sin cuidados
al capricho de mi supervivencia, de mis días después
voy metiendo
haciendo espacio para las telarañas, para las noches futuras
sazonando de nostalgia adelantada, de saliva de lágrimas de araña
voy metiendo,
entre palabras mágicas,
entre certera certidumbre cierta y fétida
como entierros en vida sin cómo, fórmulas
voy metiendo
uno a uno los huesos roídos de orgías celestes
la cavidad torácica desolada, el cráneo sin dientes,
voy metiendo
las melodías sin regreso, las promesas, la misma eternidad y todo
voy metiendo
significantes miserables de mundos extintos,
sombras de ideas ininteligibles, todo eso y muchos menos
voy metiendo
sin amigos para el consuelo
sin vino, ni mujeres, ni recuerdos,
voy metiendo; me voy metiendo
asfixiado con mi olvido, haciéndome sombras, casi desvanecido
sin demasiada prisa
y sin ninguna alteración
¡Tanta sinécdoque en el aire!
¡Tanta piedad por lo muerto!


Este hilo mí de ser

ser de bestia que lo mueve entre sus dientes
de no-gente, ser, ser abstracto (pie inefable), ente
tonto juego de palabras (abras abras...) 
fragmento de cualquier fragmento, de cualquier espejo, de cualquier calle
de cualquier cualquier, como yo
	que fallece ayer la ilusa ilusión de la cordura
	y hacen procesión los que comieron de una misma mesa,
	los que durmieron en una misma cama
¡Vélenme con ella todos mis acreedores, mis amados deudos!
¡Sepan regalarme esta flor ya sembrada, esta atemporalidad increada!
Este hilo mí de ser, este ser de mí hilo, sepan regalarme...
Por lo demás, lo dejo a vuestra elección, que por cierto:
no será vuestra


Estrellase allí

(una de aquellas noches diacrónicas)
el florero frágil de tu cordura,
la lágrima ralentizada, el corazón de piedra
la biblioteca muda de silencios apilados
estrepitosamente
el armazón de hierro, la botella vacía de tu juventud
el árbol genealógico, todas las evas, todas
(una de aquellas noches diacrónicas)
elévose el grito de tu cama, apostaron los buitres
esculpieron tu ataúd los artesanos de la desdicha
(una de aquellas noches...)


Noche triste

y yo cruzando por tus puentes cabizbajo
con los labios secos y las barbas lánguidas
regresando
vacías estas manos vergonzosas
de los oros de tu pecho ausentes
y España es tan fría
tan carabelas negras
tan atlánticos abismos
y tu gesto
el silencio pronunciando como tambores
los versos de mi infancia, de mi no entender


Entretenme tanto tedio

la sonrisa profana, el gesto adivinado y sin divinidad
la automatización de tu lengua, de tus metáforas
la falsa retórica de los senos y las manos
decadentes, somnolientas sin sueño
Si puedes ponte perlas en tu boca
para que el beso frío sea un rito consagrado
al dios de los mediocres, de los que ya no sienten
¡No!, no me niegues nota al pie
para que suba leyendo en tu espalda
cuántas formas de aburrimiento existen
para descubrir sin prisa las estrías augúrales de mis días
y olfatear el aire viejo, rebuscado de mis propios poemas
En tu pelo baila mi mano adelantada, recorriendo tus párrafos
pero todo es mero especular, pues me he quedado ciego


Encontrar

Encontrar ciegas manos el rostro perdido
(homéricas manos, manos de Ray Charles)
reconocer lo irreconocible
adoptar la nariz ajena, la mejilla amorfa, la boca sin expresión
imaginar la barba que creí tener, los ojos que nunca tuve, las ideas que 
					-soñé encarnar...

Cada exhalación es el fin, el doloroso parir de una nueva esencia
el obligado cambio de piel, la germinación de mis cenizas

¡Ay! Encontrar yema torpe el rostro virgen
las cicatrices viejas, las sonrisas no dibujadas aún;
las palabras no dichas y las otras ya no mías
la nariz prestada, la barba cándida, la mirada nueva
y la mejilla... La mejilla presta a ser acariciada

Publicado en: Poemas de Amor (Impresora Gráfica: Montevideo, 2010)
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Cambio de identidad (2015)

1.
Yo no me asombraría si Facebook me cerrara la cuenta. Fotos reportadas, estados con groserías; la gente que se ofende y los policías que hacen su trabajo.  Abro el navegador y me pide el correo, la contraseña. Algo anda mal.

2.
Pero no se trata de una censura. Es que mi nombre no le gusta, no está en la lista de los posibles. Tengo que cambiar. Si no, no me deja entrar. Y yo que me llamo Hoski, que todo el mundo me conoce como El Hoski. No puedo poner José Luis Gadea, me encontrarían mis alumnos… Uso esta mierda para difundir lo que hago, si dejo de ser El Hoski ya no me sirve para nada. Invento combinaciones, vanos intentos de hacerle trampa. No sirve. ¿Y si me cierran la cuenta? Dejo de hacerme el loco y le tiro una de mientras. “Martín Uruguay Martínez”, como el poeta que investigo, el vanguardista olvidado a quien recito en pelotas. 60 días. 60 días de plazo y me vuelvo a llamar El Hoski.

3.
“Si es su nombre real y no se encuentra en la lista contáctese con nosotros”. Había seguido el link y me leí un montón de instructivos. Por fin encontré la opción y pude mandarles mensaje. “Soy artista” les dije, “yo no me llamo así pero es la forma en que me conocen”. ¡Me están perjudicando!, quise gritarles; solo mi madre me llama José. Nada. Soy Uruguay Martínez y espero alguna respuesta. Sino los 60 días. El tiempo pasa, no hay para qué angustiarse.

4.
Es enero y estoy operado. Vuelvo a casa. Tres días para estar habilitado. Dos. Es mañana. Pongo “Configuración” y busco la opción indicada. “Usted ha cambiado demasiadas veces su nombre”. Miro el Panel de Ayuda y me encuentro con un mensaje. Firma una tal Antonia, del equipazo de Facebook. ¡Las normas me manda, las normas respecto al nombre! Si usás apodo, seudónimo, si sos artista: hacete una fan page o poné un alias al lado. ¡Nombre real papá, con el que te bautizaron! Me bloquearon la opción de cambio y estoy atrapado en una identidad que no es la mía.

5.
“Caso cerrado” dice el Panel de Ayuda. Lo miro un rato y hay un “volver a abrir”. Le doy. “Buenas, me llamo Hoski. Hubo un error y soy el perjudicado”. Les miento. Me contradigo. Tengo fe en lo que no conozco. ¿Una máquina? ¿Una Antonia que ni lee y contesta arbitrariamente? Trato de transmitir el drama, de creerme la injusticia. “Tener nombre es un derecho” largo al final del mensaje. Tan testarudo siempre, creo que los conmuevo…

6.
“Facebook es un lugar donde las personas usan su identidad real y queremos asegurarnos de que puedas utilizar la tuya. Si este es el nombre que usas habitualmente, ayúdanos a verificarlo. Para ello, adjunta en la respuesta a este mensaje una copia de tu documento de identidad que muestre tu nombre, foto y fecha de nacimiento”. Sé de casos en que te hace cambiar el nombre y te pide documentación de una. Obligatorio. Nos cerraron el perfil de la Nelson Olveira y les mandamo un Power Ranger. Cinco días y el coso estaba de vuelta. ¿Hago lo mismo? Voy al escritorio y lo más bizarro que tengo es una foto de Benedetti. Envío. Ni en pedo doy documento, y menos si soy El Hoski.

7.
“Recibimos tu documento de identidad, pero no pudimos usarlo para verificar tu identidad. Responde a este correo electrónico y adjunta una copia de otro documento de identidad”, etcétera. ¡Putos! La gente empieza a creer que yo me llamo Martín. Voy a una lectura y me saludan, se sienten como en confianza. ¿No dudan de la musicalidad del nombre, de la ironía incrustada? Si no me saco este mote se me van a armar quilombos. No queda opción. Voy a paint y modifico mi cédula escaneada. Cambio número de cédula, yo me llamo Hoski Louis. Como en la adolescencia, cuando firmaba mis primeros poemas. Nada, es que preciso apellido. Voy a Paint y hago un trabajo desastroso. Cuidado. Pero desastroso. Se me cae un huevo el Fotoshop. Al fin y al cabo es embocar el día en que Antonia haya cogido, el día en que Facebook cambie sus políticas o la programación de sus robots. Insisto. Espero la vez que pase.

8.
Claro que tuve algo de miedo. Pero no me quedaba otra: quería volver a ser yo mismo. Y no pasó nada. Antonia diciéndome la misma bobada de que no pudieron verificar el documento, Antonia cerrándome el caso. Y mandé otra vez, otra vez, ocho veces. Llegaría el día en que me dieran bola. Si no logro ser una persona para esta gente, al menos voy a abusarme de sus inconsistencias… Hoy está raro. Cambió el diseño del Panel, modificaron los botones. Abrime el caso que te la encajo. “Voy a cerrar la cuenta” amenazo; “estoy cansado de esta injuria”. Converso por chat con alguien y se me tranca unos dos segundos. ¡Es mi nombre! El en el Panel de Ayuda hay mensaje y no solo me habilita: me agradecen, me saludan. Voy al final de todo y está firmado por Wanda. ¡Hola, les habla Hoski! ¡Wanda besame el culo!

Publicado originalmente en la Diaria: https://ladiaria.com.uy/articulo/2015/9/facebook-pide-documentos/

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Ningún lugar (cuento, 2017)

“Había rastrillado la noche con desesperación
y no había encontrado nada; nada en las calles,
ni en los boliches ni en la red, nada de nada.”

Hoski, Ningún lugar

Pero también existen los pequeños encuentros, los más insignificantes; una moneda oxidada entre baldosas con barro, una bolita brillante en la arena de Valizas. Para muchos quizá no sean más que detalles prescindibles; para alguien como uno son el signo más vivo y cierto de una divinidad que existe y que se expresa compleja en esos detalles. Lo que voy a narrar es una experiencia íntima, una confirmación, una pequeña revelación religiosa. Es verdad, lo reconozco: sueno a arcaísmo, a romántico anacrónico. Desde ya y para siempre, acepto todos los cargos con gusto.

La decisión de irse a dormir significaba la capitulación, aceptar el fracaso, declarar la quiebra para evitar males mayores. Había rastrillado la noche con desesperación y no había encontrado nada; nada en las calles, ni en los boliches ni en la red, nada de nada. El mundo no estaba disponible; todas las puertas cerradas o sin puertas. Y yo tan inquieto, tan falto, tan carente. Esa noche no, ni un equívoco más. Había perdido y lo único que podía hacerse era asumirlo, dirigirse a la parada y sopesar el cansancio anticipado del viaje de una hora que me esperaba hasta casa.

Son más de las dos y el ómnibus no viene. Mi cansancio crece hasta convertirse en una ausencia, en una imposibilidad de sentir. El frío, la náusea de un pedo insuficiente, los recuerdos vagos y lejanos de unas horas atrás; todo pierde significación y se hunde en la ansiedad atemporal de la no llegada. Y pensar que fui un muchacho sensible, con los nervios atizados y un torrente caudaloso de sangre y hormonas. Hoy no. En este momento lo único que me queda además del cansancio y la rabia fatigada de no tener un puto tabaco, es una especie de miedo nervioso, de cobardía para con lo afilado de las cosas. Por lo demás le soy indiferente a todo: la soledad de la parada, los ómnibus a Pando que no me sirven, la pareja que baja por Ejido rumbo a algún apartamento y los pastabaseros que juntan puchos como comadrejas. Como comadrejas, juntando puchos apagados.

Subo al ómnibus. El chofer me devuelve la boletera y me voy por el pasillo. Lo primero es siempre buscar los asientos vacíos y sin compañía. Me gusta sentirme solo, susurrar melodías, ponerme a llorar sin ser molestado si recuerdo alguna imagen. Lo segundo es la ventana: no solo no me gusta sentarme en el pasillo, sino que solo me encuentro cómodo si la manija de la ventana está frente a mi cara. Nunca las abro, pero la simetría de mi cuerpo con la posible ventana abierta es una sensación de alivio. No un mero símbolo; es el viento imaginario en mi rostro, la seguridad psicológica frente a unas ganas de vomitar que no me vienen desde la infancia, cuando viajaba a la casa de mi abuela y el mareo todavía me afectaba.

Entre la oscuridad del pasillo confirmo la obvia soledad en la que me encuentro. Son las dos de la mañana; casi todo el ómnibus es para mí. Sin embargo, no es exactamente alegría lo que me produce esta verificación estúpida. Yo busco en los rostros, en los ojos desconocidos: entro a las clases a principio de año, cruzo las aceras y voy mirando como desesperado. Y aquí solo hay vacío. Estoy solo, totalmente solo. Aunque esta soledad me sea natural, aunque la desee con ganas y ella trascienda siempre la sospecha de todas las facciones, los recuerdos sin objeto del misterio de los cuerpos; al final, al final me siento redundantemente solo y me consumo añorando: Minas, Tristán Narvaja, Fernández Crespo; ¿quién se subirá, quién se sentará a mi lado? Por supuesto que no sube nadie. Solo un pajero del pueblo, un indeseable; me hago el dormido hasta que pase al fondo. Al menos esta vez no voy a ser el único del ómnibus que tenga un asiento vacío a su lado.

Con el paso de los años he aprendido a no creer en las explicaciones. Detrás de las cosas que nos pasan no hay causas, no hay parafraseo exacto ni esquemas que lo aclaren todo. Querer dar cuenta de nuestros asesinos es como intentar atrapar un río con las manos. Probamos una y otra vez, cambiamos nuestro lenguaje, nuestra manera de comprender las cosas, y sin embargo al final siempre comprobamos lo mismo: en algún lugar, más allá de nosotros, se nos escapa una cara del cubo, una forma diferente de lo mismo.

Por eso en vez de apegarme a las explicaciones que busco instintivamente, me dedico a observar el fenómeno, la sistemática proliferación de imágenes posibles, las creídas y las imaginadas. ¿Incrédulo? ¿Nihilista? A esta altura los nombres me dan lo mismo. Yo ya no soy el que entiende, yo ya no soy el que siente y se aferra. Hoy solo quiero ser metáfora, ser uno y serlos todos. ¿Qué pobreza podría denotarte? ¿Qué causalidad del mundo, qué razones de mis actos? ¡Soy una metáfora, imbécil! Soy una flor. Soy el limón pulposo del vacío, el ojo del huracán de todas las intenciones y de todos los sentidos. Soy la vida en todas sus expresiones; sin el equívoco de la escritura, sin el equívoco de la lectura. Sin mí y sin nadie. ¡Confiesa prisionero, confiesa! ¿Eres Derrida o el propio sol? Una mamushka responde. ¿La mamushka contenida? ¿La mamushka continente?

Me siento junto a la ventana, me pongo los auriculares y enciendo la radio del celular sin demasiada esperanza. A esta hora lo único que puede transmitir una emisora es tristeza; esa música lenta en inglés que se pone en un motel antes de coger, la misma música que sonaba en el despertador de uno de mis hermanos mayores a las cuatro de la mañana, para anunciarle que tenía que ir a trabajar. Lo mejor es no complicarme; doy un par de vueltas al dial y dejo lo que me parezca más aceptable. Al final encuentro algo; es pop en inglés, de los ochenta. No, no me lo cuestiono: bajo un poco el volumen y me dejo estar.

Cierro los ojos y a pesar del movimiento brusco del ómnibus entro en un estado de somnolencia casi deliciosa. ¿Qué otra cosa puedo hacer sino acunarme a mí mismo? Los pensamientos se me suceden independientes y el único lazo que me une al exterior es una imagen mental de la avenida General Flores que desarrollo en segundo plano, en paralelo a las curvas y las pausas del coche que voy adivinando sin tener que mirar ni detener la meditación.

Entonces el mensaje de María. Me lo había mandado un par de días atrás y yo no había respondido por falta de saldo en el celular. Cómo andás, bo? Che, el último día se desaparecieron, compramos un botellón y nunca los encontramos! Es verdad, yo me había desaparecido; me había ido a coger a la playa con mi ex, que casualmente se quedaba en el mismo balneario mis últimos dos días de vacaciones. Ahora que María seguía por el este y yo había vuelto a mis persecuciones inútiles todo tenía un sentido diferente. Ella me extrañaba y yo extrañaba sus mejillas, sus labios y sus dientes formando una sonrisa. ¿Por qué siempre las sonrisas me conducen a la luz? Me fui directamente a aquella tarde en el Cabo Polonio, el aire diáfano, el sol imponente y su pelaje rubio. Falseando mi recuerdo dejé que los lobos se movieran sobre las rocas y mis manos acariciaran su piel rosácea a un costado del faro. ¿Qué podía faltarme entonces? Un Marlboro encendido, su cabeza tierna y sumisa descansando sobre mi hombro: en una mano el tabaco y en la otra la caricia.

Pero el mundo es para quien nace para conquistarlo y no para quien sueña que puede conquistarlo:no la besé entonces, esa tarde, ni logré besarla el último sábado, pues estaba dedicado a la decadencia de resucitar una relación muerta, como si un polvo en una caseta de guardavidas pudiera devolvernos a tiempos anteriores. Quizá no habría podido besarla nunca, muy probablemente todo fuera una trampa de su vanidad y su capitulación me estaba vedada. Igual era un cobarde que no se había animado a encarar —claro, claro: su amiga, la callada, la que nunca abandonaba su puesto de paleta, me lo había impedido—, que no podía entender los límites entre la amistad y el levante, y mucho menos interpretar el juego de María, que por momentos los diluía, y por otros los volvía a solidificar como una muralla infranqueable.

Si hubiera nacido en el siglo XIX habría amado el opio, me habría llamado Fedor y Memorias del subsuelo tendría una alusión simbólica y explícita a la masturbación. Soñar, relatarse a uno mismo es tan placentero como enviciante. ¿Quién necesita contestar un mensaje? ¿Quién necesita comprenderlo e iniciar un diálogo? Pienso otra vez en Pessoa, en la hermenéutica de Paul Ricoeur, en la ética del reconocimiento y sus posibles asociaciones con un análisis cultural que tenga en cuenta a la lingüística estructuralista. En fin, me doy cuenta de la problemática moral que conlleva una racionalidad encerrada en sí misma. Y sin embargo… Al fin todo trata de lo mismo, de intelectualizar la vida, de sentirlo todo por dentro. ¿No era acaso eso lo más profundo de la existencia? ¿Dios no era acaso la imagen del concepto, la conciencia de los mundos interiores? Sí, y la conciencia de la conciencia que experimentaba entonces. Soy una tautología, una cita autorreferencial sin necesidad de síntesis. Qué intelecto más fino el mío. ¿Cómo no poder conquistar a María? Tenía en mí toda la poesía, yo era la poesía; yo era el poeta, el hombre sin par, el genio latente en medio de la noche.

Pero justo antes de entrar en el sueño recuerdo que voy en un ómnibus, que es de madrugada y que no tengo un peso. No puedo pasarme de parada pienso y salto desde las profundidades hasta encontrarme otra vez en mi asiento. Abro los ojos y busco por la ventana a pesar de la voz interior que grita ofendida: todavía ni hemos llegado a Belloni. Efectivamente, vamos por el Hipódromo; me queda un rato de viaje. Puto susto y puta puntada; por idioteces como esta voy a morir un día de un infarto.

Fue entonces cuando apareció. Primero entraban batería y bajo, luego un acorde de guitarra; la música de mis auriculares había llamado repentinamente mi atención. ¿Qué era eso que sonaba? ¿Por qué esa melodía me resultaba tan familiar? El sonido acústico de la banda me atrajo desde el primer momento y despertó en mí todo tipo de sensaciones. Si la música me era familiar, también poseía el enigma de lo desconocido, la promesa de una revelación, de un algo que deseaba con desesperación instintiva. En fin, poco a poco todo empezó a tener sentido, y cuando aún no se había escuchado la voz del cantante, ya experimentaba el vértigo de sentirme conectado con todas las cosas.

Sales a buscar perdido en la profunda nochedijo el tipo pero era innecesario; la melodía del violonchelo me lo había susurrado un poco antes. No podía existir otro primer verso. Contrario a toda lógica y arbitrariedad del signo, no había otra palabra posible, no había contingencia. Sales a buscar perdido en la profunda noche estaba inscripto oscuramente en la partitura desde el comienzo, desde el primer la menor.

Después me preguntó si podía oír lo que me decía la profunda medianoche, y responderle carecía de sentido, pues sus propias palabras eran la respuesta. ¡Por supuesto que oía, oía fuerte y claro! Más allá de mí alguien me confirmaba, alguien llenaba de sentido el absurdo del tiempo y el espacio, la oscuridad del universo del otro lado de mi ventana. La canción seguía. La canción estaba fuera del devenir lineal. ¿Quién puede reír y ser feliz al mismo tiempo? ¿Quieres tú morir sin saber por qué razón has vivido?

Como decía, también existen estos pequeños hallazgos. Cuatro o cinco instrumentos ejecutando una canción no demasiado compleja, una voz y un texto. Dios existe, yo existo, el mundo existe y tiene sentido. Si hubiera muerto entonces no habría que reprochar nada; de hecho lo deseé con desesperación, manotear lo que fuera que había detrás y luego caerme muerto. El mundo es profundo, más profundo que pensabas. Profundo en su dolor, y la alegría más profunda que la pena. El fenómeno más particular del azar y el sinsentido es el encuentro fortuito, el caos de creer en el amor, en la verdad y en la necesidad de las cosas. ¿Pueden entender dos enamorados que lo suyo ha sido imprevisto, que su encuentro es arbitrario y tiene fecha de vencimiento? Dios es hermoso porque no tiene necesidad alguna de ser, como un texto tampoco la tiene de ser leído de alguna forma en particular. Lo demás somos nosotros, una y otra vez los mismos como las variaciones de una misma melodía. ¡Qué fertilidad la del absurdo; cuánta verdad la de los equívocos!

El tema ha terminado. La radio va a comerciales y yo cierro otra vez los ojos. Acurrucado en mi asiento, ignoro casi todo de la canción. Por ejemplo que se llama “Profunda medianoche”, que la banda es Los Traidores y que el disco es un acústico como del 98. ¿Importa de algún modo? El sueño vuelve y me acaricia los pelos, se podría decir que mi cara es una sonrisa. Los Traidores. Cualquier página de internet asegura a la pasada que es una banda uruguaya de los ochenta, de esas que surgieron después de la dictadura. La canción pertenecía a la época, pero la versión que yo había escuchado fue grabada once años después en un disco acústico que significó uno de los tantos regresos de la banda a la movida miserable del rock uruguayo.

Esta vez no hay explosiones intelectuales. Comienzo a dormirme sin pensamientos, únicamente habitado por la certeza de lo que no puede ser dicho. Todos los datos objetivos sobre la canción son totalmente inútiles, ni siquiera el hecho de que Juan Casanova o Víctor Nattero escribiese el texto inspirado en La canción de Zaratustra, como afirma el arte de disco de En la profunda noche. ¿Qué necesidad de saber lo que ya sabía? Inutilidad suprema. ¿Qué mierda me importa que tal vez sea una mentira, una fanfarroneada de Casanova para ganar minitas en nombre de Nietzsche, como me sugeriría más tarde un querido profesor de facultad? Dios me libere de todo y me dé las cosas desnudas, sin el Bizancio de los hombres y la suciedad del uso.

Estoy dormido. En mi interior se agitan levemente algunas formas, como manchas oscuras en un pozo de agua. 1991: Los Traidores se juntan después de casi dos años sin tocar. Recital, un disco en vivo: La lluvia ha vuelto a caer. De ese disco voy a recordar siempre una versión, un tema de Los Estómagos —también disueltos por esa época—. “Ningún lugar”. Quizá ese fuera el sitio en el que estaba, en el que he estado siempre, despreocupado ya de todo: de pasarme de parada, de morirme, de estar solo, de no encontrar otro sentido en el resto de mi vida. ¿Quién soy yo? Me traslado. ¿Dónde estoy? En ningún lugar.

De Ningún lugar. Estuario: Montevideo, 2017.

Destacada

Valpo (2017)

Encontrar ciegas manos el rostro perdido
(homéricas manos, manos de Ray Charles).


Hoski, Poemas de Amor

Era de madrugada y yo estaba mamado en las calles de Valparaíso, caminando hacia la casa de Pamela junto a un grupo de poetas que a lo sumo conocía hacía cuatro días. Mi actitud no podía ser otra: insoportable, blasfemaba groserías sobre pijas, sobre Peñarol y sobre los porteños. ¡Qué acento el mío! Un grotesco silabeante aprendido en los baños de los bares de Santiago que combinaba weones y pololas con palabras uruguayas de esas que la primera vez despiertan sonrisas entre los oyentes. Ahora ya no. Ahora solo podían despertar alguna mueca de complicidad lastimosa, lo que viene siendo claramente una cosa muy diferente.

¿Qué hacía yo ahí? Buena pregunta. Prefiero dar la respuesta en términos de causa eficiente, y no de causa final. Estaba ahí porque había ganado un concurso literario organizado por la Intendencia de San José y la Fundación Pablo Neruda de Chile. ¿El premio? Una semana de tour turístico literario por Santiago, Valpo e Isla Negra. Las casas del escritor que daba nombre a la fundación se combinaban con las lecturas y los eventos organizados por esta. Finalmente, lo más interesante era la compañía de los jóvenes poetas chilenos del taller, los becados de la fundación.

Así es como desde mi casa en una villa perdida de Canelones había ido a parar a un hotel frente al cerro San Antonio, en Santiago, y solo cuatro días después estábamos junto a algunos de estos muchachos en la tan alabada costa de Valparaíso. Los objetivos: visitar la casa de Pablito en las laderas del cerro —o lo que fuera— y dar un recital poético de noche, un recital que nos había conseguido Alejandro, poeta, editor y guía durante mi estadía en Chile. Primero fue la casa de Neruda: un recorrido pedorro para turistas. Parece que todo en Neruda tiene que ser pedorro: su poesía, su imagen, su premio Stalin de la Paz, sus casas desideologizadas y acondicionadas para los bichos turistas, los lectores. Gracias a Dios fue breve y no bien llegado el mediodía ya estábamos fuera, comiendo en un restaurante junto con el presidente y demás autoridades de la fundación. La comida casi siempre de arriba; la plata solo quedaba para gastarse en cigarros —filtros largos, cigarros asquerosos y malquemados como paridos por la propia Bachelet—, en cigarros y bebida.

Y justamente de la comida pasamos al chupe. Era media tarde y los jóvenes poetas nos dirigimos a un bar en las cercanías del puerto. El lugar estaba hecho para marineros y un tipo de mujer parroquiana que yo no conocía en Montevideo. Objetos antiguos relacionados con el mar, algún banderín de cuadro olvidado, un imposible cuadro de Gardel sustituido por el de una cantante antigua, de aquellas de los años borrosos. En fin, no hubo otra que tomar: primero cerveza, después vodka y al final algo que se parecía al tequila. Las horas pasaron entre conversaciones, heridas narcisistas, deseos frustrados y charlas grotescas a los gritos in crescendo. Cuando salimos del bar, yo ya estaba bien en pedo, casi convencido de que las personas que estaban conmigo me importaban, de que era imprescindible mantener el contacto.

Por último vino la lectura. No me acuerdo bien del lugar. Sé que era grande, que tenía escenario, mesas y una barra donde vendían vodka. Mientras esperaba seguí tomando el preciado licor de hielo, gastando la plata medio como por obligación. Finalmente llegó el momento de leer. Subí con mi guitarra, con la armónica colgada de un soporte, y toqué-leí mis poemas. Quince minutos. No se puede traer el sentido original de las palabras, pero puede usárselas con furia bajo la excusa de cualquier bronca presente, de la simple angustia de ser el personaje del escenario. Quince minutos inútiles. Bajé y fui a la mesa de mis nuevos amigos; seguí tomando, me prendí un cigarro y miré cómo recitaba uno de los muchachos de la fundación. No era tan malo el asunto. Los poetas le ponían ganas y la gente hacía el esfuerzo. Buen número de público, creo. Un par de tipos se acercaron a felicitarme con timidez. El vacío iba cediendo, los nervios se aflojaban y hacía las paces con todos los receptores del universo. Nada, estaba casi contento. Y es probable que me durase hasta después de que todo terminara.

El plan era pasar la noche en la casa de Pamela pero no todos se prendieron; algunos decidieron volverse a Santiago cuanto antes, pues tenían exámenes o algún otro tipo de compromiso. A Pamela la había conocido esa tarde; vivía en Valpo y era amiga de Marcos Rodel, uno de los poetas becados. Buena gente la Pamela; era poeta under, alejada con razón del mundillo hediondo de la capital. En fin. Se nos sumó esa tarde en el bar y nos invitó a quedarnos. La idea no era mala.

Además de Pamela el grupo lo componíamos el barbudo de Alejandro, Cristian, Marcos, un tipo muy gracioso de quien no puedo recordar el nombre y yo. Ellos adelante, un poco borrachos pero manteniendo una conversación fluida sobre escritores nacionales, sobre libros e instituciones. Yo en cambio, unos metros atrás, insultando, gritando cosas incomprensibles. Era necesario ser el uruguashhhho extravagante, iniciar el circo desesperado y exhibir mi degradación ante el mundo, como si ese mismo acto negatorio me excusara de ser lo que era. ¿Qué resultado se obtenía? El resultado es invariable: pase lo que pase se fracasa. De última ellos también se prestaban al absurdo, o al menos lo hicieron al principio, bailando, zigzagueando bajo los neones. De última, cuando su locura cedió, soportaron la mía como campeones, mis obsesivos pedidos de que uno de ellos repitiera conmigo “el Ea se clavó al Ale” mientras lo grababa con una cámara prestada, mi actitud de uruguayo cabeza de piedra que les gritaba a los barcos llenos de containers que se callaran cada vez que hacían sonar sus bocinas insoportables desde el puerto hacia la rambla. Sin embargo —y por ello mismo—, no dejaba de ser una de esas ocasiones en las que uno no se siente cómodo. A veces existe el contacto, complejo, narcisista, después de muchos años y tirado con otros borrachos en medio de una vereda mugrienta del Centro, pero existe. Otras veces —las más de las veces—, no, y cuanto más se empecine uno en ofrecerse, más espanto, repulsión o simplemente indiferencia causa. Lo deben recordar al gordo barbudo. Buena gente, medio pasado el weón. No dejaba hablar a nadie, se metía en todas las charlas lleno de incongruencias, tapando todo sonido con su vozarrón imponente. Pero no era malo. Menos malo quizá que la imagen que a veces tiene de sí mismo.

Llegamos a la casa de Pamela. Alejandro dijo algo sobre el arco o sobre un mural que había en una de las paredes exteriores, dijo que era famoso, que el lugar era muy conocido. Le tomé el pelo, me puteó entre risas, suerte que ya te vas en dos días uruguaio weón me tienes podrido, y entró a la casa. Lo seguimos. Cerré la puerta, y pasamos al cuarto donde íbamos a dormir y la vi a Ema Rosales. Ema era la ganadora del concurso Neruda en Bolivia y como yo había sido premiada con el tour. De hecho, estábamos hospedados en el mismo hotel, el Foresta, y habíamos compartido algún momento juntos a pesar de lo callada que era. Ema Rosales, media punki, vándala confesa, alcoholes desconocidos en las calles de Cochabamba. Antes de volverme a Montevideo tenía que cogérmela. Me habían alcanzado un par de salidas a fumar, fuera del hotel, para descubrir o imaginar que era mucho más zarpada de lo que aparentaba en una primera impresión. Deseosa, inmoral y falsamente sumisa, regresaba lentamente a su pieza, espiándome de costado. Estoy esperando a que lo hagas, a que des el primer paso, a que me lleves hasta donde quieras. Fustigame. Pedime que yo lo haga contigo. ¡Ay, los Andes y la diferencia cultural! El silencio es el signo más rico de todos, el significante de mayor variación. Pero con esos piercings, con esos tatuajes y esos poemas en prosa llenos de horror y cuerpos diseccionados podía comprenderlo todo casi con claridad. Ella misma te lo estaba diciendo. Tenía que mostrarle mi deseo, el morbo empático que se asomaba entre mi cara de gordito cagón. Tenía que encontrar la forma de lograr intimidad en algún momento de la estancia. Y este era el momento. Sin excusas. Debía tomar coraje y mandar al diablo todas mis inseguridades.

Entonces, cuando entramos al cuarto y la vi acostada sobre la única cama, me di cuenta de que la había borrado totalmente de mi mente y mis cálculos de posibles satisfacciones y frustraciones, y comprendí todo de repente con la lucidez propia de un borracho. Ema estaba fundida; una semana entera de joda la había liquidado. Esa noche, dos horas antes, le había pedido a Pamela que la llevara a su casa; necesitaba dormir, reponerse del pedo acumulado. Escuchá, Osky, escuchá bien: es ahora o nunca. Vas, la despertás, metele onda, ‘tas borracho, no hay culpa ni intenciones. ¿Entendiste? Bien, entonces la despertás con la farsa de que querés sacarle el lugar y como no va a querer dormir en los colchones sobre el piso te va a proponer compartir la cama. Al menos no puede ser tan hija de puta de quedarse ella y echarte a vos. ¿Tiene algún derecho más que vos a dormir ahí? Dale Osky, rompele los huevos, no va a decir que no, está esperando que lo hagas. Los dos están borrachos. Hoy hacen cucharita.

Pero no pintó cucharita. Era obvio, ¿qué podía esperarse? Yo mismo no hubiera apostado un peso a lograrlo. En fin. De todas formas llegué a poner mi plan en marcha: entré al cuarto con la cámara en la mano y grabé mientras la despertaba. Levantate dale, te tenés que levantar; es de mañana, dale, dejame la cama que tengo sueño y en realidad me estoy haciendo el canchero machirulo para que me des pelota. Un malhumor de la concha de la madre, eso fue lo que gané; el malhumor y unos chillidos agudos y sin forma. Me reí. A mí me daba gracia la broma. A ella no. Se levantó toda demacrada y se fue para el baño. ¿Querés la cama? Es tuya. No lo dijo, no es necesario que te digan nada. En el fondo nunca había dejado de ser el gordito de bigotes de primero de liceo. ¿En qué mierda estaba pensando cuando quise ganarme a una compañera robándole sus adherentes y burlándome de ella frente a toda la clase? La misma sonrisa de entonces. ¿Cómo explicarla? Un barco varado en la costa; una jota impropia en medio de dos consonantes.

* * *

Me tiro en la cama y todo empieza a girar. Mi cabeza, las cosas, mi discurso interno; me voy meciendo como sobre un bote. Un hombre que no ha estado así no tiene derecho a llamarse hombre. Dejarse a uno mismo en manos de otra cosa, sentir las profundidades y su vértigo. Porque ya es sabido y lo único que puedo hacer es referir mi experiencia al respecto: el mundo es una farsa, nuestras seguridades y la conciencia. No es apología del exceso, pero un hombre que no se haya desnudado un momento, que no se haya dejado ir sin negar o vulgarizar todo lo que puede verse, no es un hombre: es un rectángulo.

* * *

¿Ha llegado más gente? De pronto, no sé si allí o en mi recuerdo, somos unos cuantos en el cuarto. Varios colchones en el piso, amigos de Pamela que también han venido a quedarse, Ema Rosales en algún lugar no visible. Circulan un par de botellas, la gente conversa. La verdad es que no recuerdo nada. Existen muchas formas de ser un escéptico, una de ellas es instintiva y afecta la percepción. ¿Indiferencia? No, resistencia a lo vivido, borrado masivo del pasado. Con todo, las cosas no son menos dolorosas. No recuerdo nada.

Quizá hablaran de poesía. Quizá discutieran sobre algún autor en particular. ¿Estarían reeditando un debate académico o de tertulia? Puedo imaginarme gritando cosas desde la cama, entrando y saliendo de mi propio mundo como un bruto. Rimas infantiles con los nombres de los escritores y preguntas incomprensibles con la finalidad de agarrarme de la conversación y poder meterme. Lo sé: en algún momento llegaron al problema de la comunicación, lo mencionaron. Por fin, un gran tema y no una mera guerrilla historicista. Salí de mi introspección e inicié un monólogo cortando a los demás. No había posibilidad de comunicarse. Los lectores no me importaban. De hecho, tenía un libro prontito para editar: Poemas de Amor. ¿Qué esperaban encontrar? ¿Sonetos? ¡No! Ironías. La única manera de decir algo era empezar negando la posibilidad de decirlo, eliminando los lugares comunes o tomándolos por asalto.

Me ignoraron. De seguro me ignoraron como ignoraron mi poemario en la tarde del bar, como lo ignoraron el presidente de la fundación y los dos editores chilenos a los que les regalé un borrador impreso. Siguieron conversando y yo me volví a mi cueva. El efecto retroactivo del alcohol me internaba en mí mismo. Entraba en un mundo borroso, un otro Valpo que no era la casa de Pamela, y sin embargo no me era menos vertiginoso y ajeno. Todo se mueve y no recuerdo nada. La densidad de una selva, un espacio sin tiempo.

Pero entonces apareció la dueña de casa y rompió a medias el hechizo. No sé muy bien qué fue lo que me dijo ni si me dijo algo. Pero ciertamente ella me llevó a los afiches de la pared y los afiches al chiste que ya había hecho toda la semana. Luchas estudiantiles, convocatorias a marchas e ironías contra el gobierno, todo en colores. Me recosté en la cama y lo grité a uno de los colchones. ¿De qué se quejan acá en Chile? Tuvieron el mejor presidente de Latinoamérica. No solo les dejó paz, sino también la mejor de las economías y una educación envidiable. Esta vez sí hubo un efecto. Un loco me llamó idiota. Con eso no se juega dijo el barbudo que se parecía de alguna forma a Alejandro. Yo tengo familiares desaparecidos. Para mí no es una broma. Para mí, estaba dejando de serlo.

Le pedí disculpas al tipo y lleno de vergüenza decidí que lo mejor era quedarme en mí mismo y ya no salir más por esa noche. Las disculpas me las dieron a regañadientes. Yo por mi parte cerré los ojos, y aunque el movimiento no cedía, empecé a sentir que el sueño trepaba más torpe que de costumbre. De alguna manera estaba dormido, borracho hasta las manijas y dormido, mientras los demás seguían la joda y el tipo de los familiares desaparecidos se iba acostando en todos los colchones, como luego lo supe al ver las fotos de Marcos, de Alejandro y del tipo gracioso cuyo nombre aún no he podido ni me interesa recordar.

* * *

Durante esa semana salimos todas las noches; Alejandro siempre presente, alguno del taller y la mitad de las veces la joven poeta boliviana Ema Rosales. Alejandro tendría treinta, trabajaba en el sur como docente y hacía de guía para la fundación. ¡Qué figurita! Enojón y pendenciero, pero ante todo, chileno bebedor y amante de la parranda. Recorríamos todos los bares, conocíamos a todos los poetas y músicos de Santiago, y Alejandro no pasaba media hora sin discutir con alguno de los presentes. Casi cualquier tema o circunstancia le servían de excusa; tenía especial predilección por el servicio negligente de los garzones y la soberbia desencantada de los poetas chilenos de mi edad.

Nuestra relación era buena porque, a pesar de ser igual de testarudos, sabíamos mandarnos a la mierda y poner la distancia saludable sin enojo ni explicaciones. También porque éramos cómplices y, a diferencia del ganador uruguayo del año anterior, yo le seguía el ritmo con decoro y no pedía para volverme al hotel antes de las dos de la mañana. Sin embargo, existía algo más, cierta empatía negada, la pertenencia indiscutible a una misma especie. Ambos ratas desprolijas, miserables mendigos de cigarros y dinero para comer y para seguir la joda; ambos buscadores y ridículos en sus pretensiones. Sí, aunque fuese más pudoroso, aunque se refugiase en la caballerosidad amorosa y la defensa de los valores y la fundación Neruda, Alejandro era mi pariente lejano olfateando la noche, decidido a no abandonarla hasta ver lo que quién sabe se espera de ella. De alguna manera éramos iguales. Por eso mismo le tengo cierto aprecio y a la vez ha dejado de importarme. Alejandro, el único que me ofreció la edición del Poemas de Amor, y obligarme a firmar bajo mi verdadero nombre. Imaginar un texto mío firmado como José Luis; solo al Alejandro se le ocurre.

Pero claro, lo que más recuerdo de esas salidas es mi ansiedad. Estuve con una mujer por día, en promedio, me dijo mi amigo Ernesto una semana antes de partir para Santiago. Las chiquis habían enloquecido con los uruguayos de su compañía teatral. Yo que también era uruguayo, que también estaba en Chile y además era no solo escritor sino también músico, esperaba hacerme de la atención y la seducción de todas las muchachas. Bastaría una conversación, unos versos bien recitados. Lo único que podía cuestionarme era si me iba enroscar en la sucesión de cuerpos, o por el contrario estaba para el affaire, la amistad y la compañía de alguien en particular durante el tiempo que durara mi viaje.  

No solo fracasaron mis expectativas sino que además se demostró mi total incapacidad para escapar de mí mismo y preocuparme por los otros. Deseaba desear los oídos para alguien, y ahí andaba, mintiéndome de a ratos, sufriendo en otros. En última instancia siempre sabía que nada me importaba y todo estaba condenado al olvido: los nombres, buena parte de las historias y los mismos personajes y circunstancias. La noche era profunda y era profundamente vacía.

Y paradójicamente, el resultado de todas estas frustraciones no era más que el acrecentamiento de mi deseo, el sumirme en mi propia excitación sin objetos y en el anhelo de una exterioridad imposible —una confirmación, pero ¿de qué?—. Primavera de mí mismo, río hormonal. Me sentía libre de algunos lazos, esencial y despojado de cosas que nunca habían sido mías. Santiago la católica, Santiago la reaccionaria me ofrecía una generación de muchachos artistas mucho menos pacatos y morbosos que yo y el resto de los imbéciles cisplatinos. Sí, idealizaba. Pero algo había cambiado y lo sentía en el cuerpo. En Uruguay dejaba atrás a Claudia, una relación patológica y traumática cortada hacía seis meses, y al posterior deseo de descubrirme, de llevar mis deseos hasta el extremo de lo acultural obsceno. Luego: esconderse como un niño, ocultarse bajo un manto o salir corriendo. No había hallado la ternura ni la inteligencia; no me había convertido en Macbeth ni en el Marqués de Sade. Había seguido siendo un muchacho frágil, sin amor y sin maldad. Y sin embargo ahora sentía el palpitar, el desborde genuino. Volvía en el aire diez años atrás, al sillón de la primera paja y el temblor eyaculante de la vida.

La cosa fue in crescendo. Primero fue lo de Ema Rosales, su visita a mi habitación el segundo día. Aquella vez leímos poesía, tomamos cerveza y comimos unos alfajores que estaban en el freezer de la pieza. No me animé a insinuarle nada. Supe que tenía novio y que había conocido a un poeta chileno por internet con el que salía a recorrer la ciudad en vez de respetar los itinerarios de la fundación Neruda, para furia de Alejandro y del presidente. Aquella vez disimulé lo que ocurría: ella estaba en mi habitación, yo la deseaba y ambos formábamos parte de las cosas que hacen los seres humanos, mucho más cuando viajan y conocen a un extraño. Estuve con una poeta boliviana les hubiera dicho a mis amigos cuando preguntasen por mis aventuras, darky y punkilla, una poeta lovecraftiana. Pero ese día me conformé con saber que existían las posibilidades de encuentro que me había formado antes del viaje.

Luego vino la repetición del ritual del chat y las páginas de contactos, con el agregado de que ahora yo era extranjero, lo que me hacía más cotizado. ¿Qué orgías, qué tríos podía conseguir? Estaba de paso y eso significaba ser algo más que un humano, algo más lejano y menos mediocre que todo lo conocido. No solo sería un extraño entre sus sábanas sino un extraño de otro lugar del mundo, un joven de aire místico y con una gestualidad corpórea tan excitante como su acento. En la mañana, después de desayunar gratuitamente en el restaurante del hotel, bajaba al cíber de la esquina con cabinas totalmente privadas y ceniceros. No pude concretar nada y mi locura pessoana de extranjero de mí mismo derivó únicamente en unas cuantas pajas. Miraba la calle a través del vidrio, sobreexcitado al punto de perder el punto desde el que había partido.

Pero lo que verdaderamente me alteró fue conocer a Juan. El encuentro ocurrió una noche, después de una sesión del taller Neruda en un bar de Santiago. Él no era uno de los becados y aunque entonces no lo sabía, solo tenía dieciocho. Recuerdo una charla con alguien muy generoso, el arreglo para una lectura en el Chancho Seis, una discusión de Alejandro y mi borrachera grabada en el baño del lugar. Luego apareció Juan. Hablamos, hubo onda o yo creí que la hubo. Fue solo eso, pero me impactó. Ya había cogido con hombres, una cuestión fálica y de cuerpo; nunca me había gustado uno. Me sentía capaz de algo profundo, de una entrega que no conocía hasta entonces. Me conmocioné. Me caíste muy bien le dije, me gustaría volver a verte antes de irme, tomar una cerveza y charlar un poco. Y como era amigo de uno de los talleristas me hice con la esperanza de encontrarlo en otra de las salidas.

Al final se desentendió de mi ofrecimiento del teléfono del hotel y prometió andar en la vuelta. Le dejé mi mail, él me dio el suyo. Juan había destrabado algo, algo más complejo que toda esa idiotez del closet que es la manera anglosajona e imbécil de entender. Juan no lo sabe —no lo vi más; charlamos a veces por Facebook; ya no siento ni puedo revivir nada—, Juan no sabe que a partir de esa noche me convertí en un animal. Fui al hotel y me depilé, me compré condones; algo estaba a punto de pasar. Era un animal encadenado deseoso de libertad; un animal alzado, patético y desesperado.

* * *

Me voy a tener que acostar contigo… Contra la pragmática, la voz careció de sujeto; contra el hecho mismo de que sonara en un momento de la madrugada, la voz dijo fuera del tiempo.

* * *

Osky seguía durmiendo y su sueño era un estanque lleno de peces deformes; el movimiento persistía, pero entonces era un movimiento suave, de aleta, de alga fluctuante. Cuando Osky despertó solo tuvo conciencia de su cuerpo, sudoroso y torpe bajo la frazada con la que alguien lo había tapado. Su sueño se había roto desde dentro hacia fuera y su entrada en el mundo era un poco más vertiginosa que de costumbre.

La pija estaba parada. Sobre ella el bulto de otro cuerpo, una boca chupando. Lo sentía claramente, el placer había subido consigo desde la profundidad de la inconsciencia. Era como esas veces que se dormía alterado y desnudo, y se despertaba a medianoche con la mano propia pajeando como si fuese extraña. Le costó unos segundos, pero empezó a comprender que las manos y la boca esta vez sí eran ajenas.

Pero eso no era todo: además de su cuerpo, del otro cuerpo y del particular contacto, existía un mundo, una pieza llena de gente en una casa de alguien en una ciudad extranjera que nunca había visitado. Terror. ¿Están despiertos? ¿Pueden ver lo que está pasando? La putísima madre, cómo mierda hago mañana; seguro hay alguno que no duerme. Osky intentó moverse pero su cuerpo estaba más en pedo que su mente. Nada. Agarró la cabeza del loco y la sacó de su miembro. Ta, no sigas. Pará, dejá de hacer eso. Pero el tipo siguió insistiendo y solo se detuvo para susurrarle: ¿los uruguaios son todos como vos? Sí, por fin sacaba rédito de su condición. ¿Le habría atraído el tono, el color de piel o su carácter charrúa? Ciertamente no lo dijo. Sin embargo estaba encantado con esa pija, con lo peludo de Osky y el calor que había en la cama. Me gusta, me encanta, intercalaba entre lamidas. ¿Todos los uruguaios son como vos?

Tengo que hacer algo, qué va a pensar la gente, se repetía Osky tan absurdo como la situación misma. Es rico sí, y debe tener linda verga. Pero no se puede. Alguien debe estar despierto. Y más allá de la cama era la realidad nouménica, cierta pero inaccesible por el hecho simple del alcohol que afectaba la motricidad del cuerpo. Osky se dejaba ir y resistía en el fondo de sí mismo, castillo pequeño pero bien antiguo. No. Pará. Dejá de hacer eso, es tremendo ruido. No solo era el ruido, también era el movimiento de la cabeza subiendo y bajando, el bulto deforme bajo la frazada. Osky siguió protestando y logró que al menos el otro se diera vuelta. Ya no lo peteaba, lo cual era un alivio; ahora se limitaba a pajearlo lento mientras la otra mano acariciaba su cuerpo.

Quedaron frente a frente, de costado. Osky tanteó sus nalgas. Eran gorditas y peludas como las suyas. Pero no era eso, sabía que no era eso. Entonces fue bajando la mano hasta tocar el bulto. Cinchó el calzoncillo y empezó a manosearla. Tanto tiempo sin una, la sentía bien rica. No hay nada comparable al endurecimiento de una pija entre las manos.

Ahí estaban, en espejo, ciegos y ejecutando alguna especie de egoísmo, el mismo egoísmo de todos los encuentros. Hasta entonces solo eran dos desconocidos. Pero no por mucho. Osky pajeaba afiebrado y loco, como llevado por las olas y pudo verlo a los ojos. Me gusta le dijo el otro, me encanta tu verga de uruguaio, y ese último uruguaio le sonaba de la noche, una reminiscencia de madrugadas soñadas o antiguas. Entonces seguía teniendo su cara enfrente. La barba, el pelo largo: eran claras las facciones en lo oscuro de la pieza. La concha de mi madre que es este tipo. ¡Es él, es él! ¿Cómo mierda hago mañana? ¿Cómo hago para seguir mirándolo el resto de los días? Y no por eso dejaba de pajearlo. Se ahogaba, se perdía y gritaba como en tercera persona; imposible asir siquiera el nombre, escapar de las abstracciones. Como si el sueño jamás hubiese terminado del todo…

El tipo volvió a inclinarse sobre la verga de Osky. Una parte de sí creía saber que se trataba de Alejandro y aullaba escandalizada; la otra simplemente intuía la presencia de otro cuerpo, sin identidad y con una conciencia únicamente asimilable a lo que podía hacer con las manos, la boca y quizá la pija. ¿Es o no? ¡Es! ¿Cómo mierda pasó esto? ¿Cómo carajos lo explico? El otro se llena la boca y Osky busca su miembro con torpeza. Como una Gracia Divina acude a salvarlo una lucidez deforme sacada de vaya a saber dónde. ‘Tas mamado, ‘tas recontramamado. No sabés si es. Y si es, ¿qué mierda vas a hacer ahora? Dejá que pase. Calmate un cacho y cogé. Estas cosas pasan en los campamentos, en las piyamadas; siempre alguno se coge con alguno y si alguien mira, maldito sea su insomnio, que es normal y a veces no vale la pena ni contarlo. Pero en el fondo, la ambigüedad era un cálculo de riñón indisoluble, pesando y doliendo en las vías urinarias del ánimo. ¿Era Alejandro? ¿Realmente era Alejandro aunque aún no hubiese conseguido atrapar el nombre y tan solo sospechase en abstracciones? Verosímil no era, pero eso no probaba nada: la verosimilitud yacía muerta en alguno de los colchones o quizá debajo de la propia cama.

Osky vuelve a pedirle que no lo haga, que disimule un poco. El otro se da vuelta y se pone de costado, el culo contra la pija de Osky. Cogeme le dice. Pero Osky no tiene los condones arriba y sin condón no coge. Además, ¿en qué mierda está pensando?, ¿cómo se lo va a coger? No puedo, metemos tremendo quilombo, la gente se va a dar cuenta. Cogeme es la única respuesta, cogeme por favor y Osky solo atina a refregarle la verga. Le manosea las nalgas, le pone la pija en la raja y se mueve. Pero eso lo ha hecho muchas veces y no le excita tanto. Darle a un macho no es lo más interesante; está bueno, no lo niega, pero de un macho, lo que le excita de un macho es jugar a ser la puta, el morbo de ser pasivo de las pajas en el baño. No, en ese momento lo que quiere es otra cosa, ir más allá. Y como están en cucharita vuelve a agarrarle la verga. Le saca el capuchón y la masturba con ganas. Pero el otro quiere su pija. No quiere la mano de Osky. Dame, cogeme, y le conduce el miembro hasta el agujero del culo. Pero no va a ser. Osky no tiene condones. No puede; se lo cogería aunque no es lo que más le caliente en el momento pero simplemente no puede. Y se da vuelta. No dice nada, necesita ser comprendido. Lo que quiere es otra cosa.

No, no me gusta. Cogeme vos a mí, y se resiste a la mano de Osky que intenta girarlo. Otra vez en espejo pero a la inversa. Culo con culo, sin posibilidad de comunicación posible. Los cuerpos se habían extraviado como se extravía todo en la vida. Los deseos, a veces tan claros y evidentes, se perdían, se hacían arbitrarios e imposibles. Si este Alejandro indefinido hubiese sido un macho activo Osky no lo hubiese soportado. No, no quiero que me cojas; si no entregás vos yo tampoco. ¿Quiénes somos, qué mierda es lo que queremos? Osky empezaba a no estar excitado.

Entonces el último intento: vamos a mi casa, ahí podemos coger tranquilos. Irse era unos cigarrillos, un desayuno probable, algo más de alcohol. Pero no podía. Si se iba los demás lo buscarían, estarían extrañados de no encontrarlo; ¿a dónde mierda se fue el uruguayo? Si arranco ahora, y no estoy antes de las once, no puedo tomar el ómnibus y estoy solo en una ciudad que no conozco, sin celular y sin el teléfono de nadie. No puedo. Me voy a dormir y Alejandro me va a romper el culo. Mañana cuando media fundación Neruda me ande buscando por todos lados van a saber que no pude volver a Santiago por quedarme a garchar con un extraño de Valpo. No puedo, dijo, y el otro se dio la vuelta. Culo con culo peludo. Fin de las tratativas.

* * *

Y sin embargo aún tiene la pija parada. Después de todo se da cuenta de que quería cogérselo. Sí, estaba de regreso de todas las postergaciones, el juego terminado, vacío y desesperado. Lo habían rechazado y se quedaba con ganas. Con unas ganas diferentes. No el deseo frío e intelectual, no el deseo lady Macbeth. Simplemente ganas de montarlo, como se monta un perro a otro cuando el cuerpo se lo indica.

Entonces se da vuelta con torpeza, se pone otra vez en cucharita apoyando las nalgas del otro y repite dudoso el movimiento de la pija en la raya, como si un mismo gesto tuviese en potencia todos los sentidos posibles. Arriba, abajo, golpea sin ímpetu, sin creer demasiado en las posibilidades de penetración. Es que no quiere. ¿Cómo va a querer con un tipo como Osky? Se dio cuenta de cómo era, de qué iba su cabeza. Te va a rechazar, ya sabés cómo funciona, y sin embargo insiste, acuciado por su animal interno, monstruo tardío y deforme entre todas las imágenes autoimpuestas que Joskito se ha hecho de sí mismo. Sos más patético y desesperado; mirate un poco pajero, perdiste la mística y volvés al fracaso que es el lugar que más te gusta. Y le manosea el culo con frenesí nervioso, con tartamudez táctil y yemas intelectuales.

Pero solo obtiene indiferencia. Nada. Ni lo saca ni lo incita. No, sabés que no quiere. O tal vez sí. No hay manuales, nadie enseña qué hacer en estos casos y si lo enseñara lo echaríamos a patadas; nadie nos enseña a darles importancia y real valor a las enseñanzas sobre situaciones imprevistas, y así hasta el infinito de la concha de la madre. En fin, no quiere. O sí. Le toma la mano e intenta colocársela en la pija. Por favor pajeame le dice, chupámela, por favor, no me dejes así. Pero el otro lo rechaza y se suelta con violencia. Se resiste al agarrón, se molesta y aun así no lo echa ni se va. Y Osky que necesita acabar, que está cansado y caliente, con los huevos doloridos. No puede irse así, tirarse a dormir masticando la rabia y la calentura. Conoce bien la sensación, noches de verano incandescente como un faro en el medio de la oscuridad de la cama y la otra persona ahí, cuerpo negado, frontera abismal. No puede quedarse así; necesita liberarse, calmar al perro famélico y al loco sadiano que controlan la mayor parte de sus horas.

Y aunque la indiferencia silenciosa del otro lo destruya en lo más íntimo, toma su verga dura y empieza a pajearse. Suave, rápido y con furia; después para y respira el aire absurdo que lo rodea, reconociéndose más en pedo que nunca. No necesita imágenes, no necesita la ayuda del otro, su interés o su colaboración activa, no necesita recuerdos ni motivaciones. Me acabo. Lo siente venir. Es el blanco vacío del semen, el olor agrio de la leche, el polvo del que venimos y al que vamos, la imbecilidad misma de no haber escapado a la sentencia de una moral maldita, como había aprendido ya en los cursos liceales de filosofía. Me acabo, me acabo y la cabeza de la pija martillando contra la raya. Se ha acabado, la leche se desparrama entre los pelos del culo. Y yo tan falo caído. Tan chorreante de vida sin vida: tan grotesco, tan vaciado, tan frío; tan idos esplendores de obelisco triste.

El joven chileno se limpia en las sábanas. Detrás de su silencio están igualmente la soledad y la desesperación, el vértigo del pedo. Pero él no piensa: se deja ir sin dolor, naturalmente; no se culpa ni se arrepiente de lo que no ha podido lograrse. Como todos, busca las cosas donde no debe, sin permitirse pensar que tal vez ninguna de ellas exista. Y mientras se sube los calzoncillos solo quiere dormirse abrazado con Osky, el muchacho uruguaio sin nombre, tan contingente como el resto de las personas. Sin mortificarse con la metafísica de saberlo desconocido y prescindible, simple y práctico: el único que no lo echó de su cama.

Entonces me pidió que lo abrazara. Yo me sentía culpable, extraño de mi cuerpo. Lo que antes había sido tierra se anegaba totalmente y yo no era más que una isla sin sentido. Nada de lo que pasaba tenía que ver conmigo. La borrachera, la casa de Pamela, la cama y el otro, mi pene goteando obsceno e hiriente. Y lo abracé, nos pusimos en cucharita. Nunca había dormido así con un hombre. Cerré los ojos y traté de meterme en el sueño. No, claro que no era posible. No sé qué ilusión podía hacerse él del encuentro fortuito de nuestros cuerpos; yo por mi parte sabía que no había abrazo posible. Estaba solo, solísimo, durmiendo con otra soledad en un mismo espacio, bajo la nube incierta de algún equívoco que nos involucraba. ¿Qué valor tendría yo como signo? Espero no creyese en redenciones; para eso ya estoy yo, que juro poeta y ando dándole signo a cuánta profundidad se me cruza por delante.

Y así, tan iguales, tan barba y pelo largo, tan perseguidores y a la vez tan disímiles, se duermen juntos. Ya no importa que alguien pueda verlos, ha ganado el cansancio. El cansancio y la aceptación del fracaso. Ni Juan ni los comienzos auspiciosos de la noche entre muchachas danzarinas y simpáticas. Todo quedó lejos, una prueba más de que no puede cambiarse lo que se es, de que uno tiende a repetirse en el tiempo como se desenrolla una cinta de casete. ¿Qué había pasado con el animal salvaje y la adrenalina de los días en el hotel? ¿Dónde estaba el deseo imponente, egoísta y sincero que lo había dominado? No quedaba nada, nada excepto la resaca de lo mismo, dos años recientes de remiendos de una relación perversa fundada en el mesianismo y la baja autoestima de ambos, su adolescencia y la última mina con la que había salido, la estupidez de creer en utopías, de confiar en el olfato de todas las puertas escondidas hacia calles imposibles, ¡qué digo!, de esperar a alguien o a algo, a uno mismo, y no obtener por respuesta más que la obsesión de los espejos deformándolo todo. Así era Valpo, su Valpo. Tan solo otro camino para llegar a los mismos sitios. Y sobreviene otra vez el sueño. Son las cinco. O la seis. Se duermen.

* * *

Al final llegó la mañana. Como me pasa siempre, no pude dormir más allá de las diez y fui el primero en levantarse. Mi estado era demasiado predecible: dolor de cabeza, olor a alcohol, sudor por todas partes y mugre de procedencia no identificada debajo de las uñas. El recuerdo me rondaba como una mosca, y aunque mi culpabilidad no tenía aún crimen concreto, la evidencia suficiente del exceso de por sí ya me iba condenando.

La cuestión entonces fue conseguir un cigarro; algo de comida era una quimera. Solo un cigarro, un poco de tabaco para armar, algo que pudiera fumarse. Me levanté y recorrí los colchones pero no encontré nada. Malditos filtros largos, malditos borrachos fumadores de Chile. ¿Qué mierda iba a hacer ahí adentro tanto tiempo, sin fumar, sin comer y sin poder hablar con nadie? Desperté a Pamela: ¿te animás a abrirme?, ¿no tenés un pucho? Y salí a la calle a mirar los autos; el súper demasiado lejos y yo con miedo de perderme. Las horas pasaron, la gente se fue despertando. Una imagen, otra, la misma: la noche se repetía como se repite un chorizo mal digerido.

Un rato antes de la hora de partida apareció Alejandro y por fin pude comprar comida y cigarros para los dos. No, no había sido él. Y aunque saberlo era realmente un alivio, la impresión de mis temores no se me iba tan fácil. ¿Qué te pasa uruguaio? Te veo muy caiao. Qué lástima no has estao así toda la semana. Me pasa que te veo cara de puto, y me dolía no tener a quien contarle lo que me había ocurrido. De hecho, no tenía ni cómo contarlo. No quedaba otra que vivir y soportar. Demasiado era no autodelatarme con tanta negación y persecuta. Dormiste abrazadito, decía la Ema Rosales, dormiste con el tipo que se tiraba en todos los colchones. Y para entonces ya nos habíamos ido. Adiós a Pamela, adiós a Valpo con sus casitas de colores, con sus lomas y su Neruda coleccionista. Arrancó el ómnibus; volvemos a Santiago. La boliviana tenía razón. Había dormido con Ruth. Por delante, más de lo mismo. ¿Cuántos años tendría que soportarme? ¿Cuántas ilusiones desvalidas tendría que parirme antes de verme muerto? Adiós Valpo, adiós. ¡Que te vaya bien y la próxima vez te encuentre!

De Ningún lugar. Estuario: Montevideo, 2017

Destacada

Hacia Ítaca (comienzo de la novela, 2011)

Cuando salí de casa ya eran como las nueve de la noche. Entré al cyber y pedí una máquina. El pendejo canchero con cara de pajero que atendía el lugar me asignó la número ocho, y allá fui yo, a una cabina contra la pared. Tenía que enviar ese mail, sacármelo de encima. En los últimos días me encontraba sumido en una inmensa laguna depresiva preexamen que cada vez se me hacía más difícil de llevar. Pasaba doce o más horas encerrado intentando ponerme a leer, obligándome a perder el tiempo, rayando a Durkheim y subrayando sin sentido la erótica alemana de Weber hacia la burocracia. ¿Qué carajo estaba haciendo de mí? Paraba para comer, para mear, para jugar a la computadora, para hablar por teléfono, para la introspección, para dormir una siesta, pero en el fondo jamás paraba, siempre estaba ese examen esperándome. Ese examen y otro examen y otro examen hasta el desquicio de lo interminable, hasta el final de la lógica y el comienzo de la angustia crónica.

Apreté el botón rojo para encender la máquina, una Pentium IV que presumía de ser la mejor tecnología de la que disponían los dos cybers de mi barrio. Windows empezó a cargar. Enseguida descubrí que me molestaba el hecho de que las cabinas no tuvieran cortinas ni ningún tipo de separador. Me sentía observado, me molestaba la presencia en mi campo visual de los otros y la posibilidad nunca inverosímil de que husmearan en mis cosas. En fin. Estaba muy ansioso, como un preso liberado recientemente de su cautiverio, como un perrito al que le han soltado la cadena por primera vez en mucho tiempo. Entonces quería hacerlo todo: quería conectarme ya, quería entrar a los chats, quería mandar el correo, ser parte del mundo en su inminencia, al primer toque. Pero el universo y Windows iban más lentos que yo, que yo que había estado muriendo durante una semana, que me había estrellado contra las paredes en mañanas y tardes continuas, que estaba en plena fuga, en plena rateada, y tocaba las cosas del mundo con manos urgidas. Programas al pedo y antivirus completamente obsoletos empezaron a cargarse entonces, uno tras otro, impidiéndome hacer cualquier cosa. Finalmente, luego de cinco interminables minutos, el escritorio quedó despejado y pude leer entre los íconos lo que rezaba el fondo de pantalla: “Bienvenidos al cyber Odisea. Está terminantemente prohibido visitar páginas porno y de la Masonería. Gracias por su preferencia. Amén”.

Pero antes de saciar mi ansiedad de hipervínculos y ventanas puestas en el abismo, necesitaba calmar la paranoia que me generaba la falta de privacidad. Así que di una mirada nerviosa a mi alrededor, asegurándome de que no hubiera hermanos menores de gamers adolescentes, dando vueltas ociosos entre los escritorios, ni viejos con pinta de violador que no pasa la prueba de operador PC, instalados tras los monitores, al acecho de muchachos jóvenes como yo. No detecté peligro. Sin embargo, mis ojos quedaron detenidos en el ocupante de la cabina contigua a la mía, un tipo de edad indefinida, con lentes de aumento gruesos y postura corporal de dinosaurio cansado. Podía ver claramente la baba basculando sobre el teclado, embetunando las teclas, y las pupilas encendidas a cinco centímetros de la pantalla. Cada tanto daba unas movidas rítmicas a su cabezota semicalva, sonreía y abría la boca en un gesto ininterpretable, y yo quedaba fascinado, como imbuido en el mismo trance. Le ojeé el monitor, decidido a invertir sin culpa mi rol, de perseguido a voyeur: el tipo scrolleaba un post de Poringa con fotos de famosas que posaban semidesnudas, en topless, mostrando al sol la panza rea que ocultaban por la tele y que algún paparazzi –como el malvado que mató a la Princesa Diana– había robado con su cámara. Y se excitaba. La respiración y la tensión de los pómulos delataban sus preferencias: Meryl Streep no le llamaba la atención, Jennifer Aninston le producía morbo, el rubio de Pamela Anderson y Britney Spears sobre las tetas lo volvían loco. Corté la cadena de espionaje: si seguía mirando iba a encontrar y no quería.

Me pregunté cómo hacía para pasar desapercibido ante el encargado. La respuesta era sencilla: el boby no vigilaba, estaba ocupado conversando con dos escolares y un amigo recientemente llegado en moto. Yo no escuchaba con claridad pero entendía los gestos. Los adolescentes de treinta años movían las manos con aire de langa y las niñas pedían chicles y caramelos de los estantes del mostrador. La sociedad es una paja colectiva, pensé, una compadrada solitaria de Edipo mal parido. Por eso insisto, cada uno a lo suyo y terminamos con mi oficio de vieja chusma. Si sigo mirando voy a encontrar y no quiero.

No lo resistí más y abrí una ventana de Internet Explorer. La espera se había hecho insoportable y necesitaba el aire fresco de la Internet. Pero no logré otra cosa que trancarlo todo, pues uno de los ocho antivirus había decidido actualizarse automáticamente, sin mi autorización, y monopolizaba por completo la memoria virtual. Ni siquiera me dejaba acceder a la dictadura del Administrador de Tareas. ¡Qué infierno! Estos minutos eran infinitamente peores a los diez días anteriores, eran atemporales, obscenos, terribles. ¿Es que jamás podré lograr la paz?

Bueno, eso es lo que me pregunto cada vez que logro empezar alguno de los libros de la bibliografía inabarcable de mis exámenes, y entra mi madre a mi cuarto, deja la puerta abierta y se cuela la voz imbécil de Fernando Villar, anunciando sobre la cortina de un pianito, que acaban de matar a un carnicero en Casabó para robarle. Luego no hay dios que pueda volverme a las líneas. Me dejo arrollar por la zorra del camionero mamado que se llevó puesta a una familia entera en la Ruta 8; me dejo internar en el nosocomio del que escapó el intento de asesino serial creado por George Almendras; me dejo violar con las declaraciones cruzadas del Turco Abdala y un dirigente joven del MPP, en relación al fantasma de Amodio Pérez, y los comentarios insulsos de Mario Uberti sobre el Gran Premio de Mónaco se me meten a tiempo real adentro del cráneo. Cinco minutos son suficientes. La puerta se cierra pero ya no importa: puedo imaginar las noticias, las imágenes y las reacciones de mi familia. No, la paz no es posible. Y a veces es peor. A veces la mismísima televisión viene a instaurarse junto a mi madre en el cuarto, y Susana Giménez nos regala premios con su voz de macho de boliche, y Tinelli nos hace llorar abrazando a un niño down justo un instante después de exponer, entre comentarios babosos, su harén de prostitutas caras con sed de fama y culos al aire, y entonces ¿para qué mierda leo a Foucault si la vida es otra cosa? Jamás podré concentrarme; el universo conspira contra mi sabiduría y mi futuro, contra mi emancipación de toda ignorancia y culpable tutela; jamás podré servirme de mi propia razón, que por lo demás, no es necesaria, si la cámara omnisciente de Telenoche 4 lo hace mejor y más rápido por mí.

¡Al fin! Unos minutos después de consumada la eternidad apareció la ventana del navegador y ¡aleluya!, ya estaba conectado al mundo. Otra vez la ansiedad poniéndose intensa. Navegué a Hotmail; me proponía revisar mi correo y enviar un mail. Después de tantos días de ermitaño sentía mucha curiosidad respecto al contenido de mi casilla. ¿Quién se acordaría de mí mientras estaba sepultado bajo las fotocopias? ¿A qué fiestas había sido invitado, cuántos concursos literarios –de todos los que tenía fallos pendientes– había ganado? Pero nada. En mi ausencia el mundo se había dedicado al ocio total y solo los bots me tenían en cuenta, enviándome invitaciones para facebooks, fotologs, emeseenes, páginas pornos y tratamientos para alargar el pene. Lo más parecido a un contacto humano eran las cadenas imbéciles que anunciaban de forma rimbombante el Apocalipsis del MSN gratuito y la maldad de Microsoft, decidido a cobrar por el servicio; las cadenas que debían ser reenviadas, cosa de encontrar la media naranja y evitar los problemas de amor, salud y trabajo; y las cadenas que de ser compartidas, darían plata al universitario que quería terminar su carrera a pesar del cáncer y la hemiplejia que lo aquejaban desde hacía un año –sufridos muy probablemente por desconocer la advertencia de otra cadena que exigía ser viralizada con al menos diez contactos, si no se quería caer en la desgracia finalmente acontecida–. En suma, una completa basura. Ignoré todos los mensajes y que vinieran las penurias; ¿por qué habría de temer la lluvia si ya estaba mojado hasta el meñique del pie?

Y yo que quería mandar mi mail para decirle lo que pensaba, para contarle cómo sus palabras habían crecido en mí, en la penumbra preexamen de mi mazmorra, para confesarle que tenía razón y que estaba feliz por ello. La conversación había ocurrido casi un mes antes, y quién sabe en qué andaría ahora. Únicamente un mail podía volver acercarme a ella, al otro lado del Océano; únicamente un mail podía pedir las disculpas que yo no podía. Hacía días que lo rumeaba y ahora estaba seguro: era el momento de escribírselo, esa idea me obsesionaba. Nada importaba ya, ni el examen ni nada. Solo escribirle, dar testimonio de mi fe, pedirle rescate sin hacerlo deliberadamente, matar sutilmente a los pretendientes con mi arco, con mis palabras, como solo un escritor podía hacerlo. No podía llamarla porque sería suficiente mi timbre, distorsionado en el otro extremo del cable, para provocar su fastidio y mi actitud defensiva, una secuencia lastimosa de tropiezos en marcha atrás que terminaría por distanciarnos definitivamente. Hablarle sería una licencia que tendría que ganarme, una invasión que no me era permitida aún. Pero leerme era otra cosa. Sin objeto inmediato a quien destrozar, bajaría hasta el saludo final reprimiéndose, y mi mensaje llegaría feliz a su destinatario. La conocía, estaba convencido: después se le pasaría el malestar y daría el paso que yo tanto esperaba.

Primer Premio de Narrativa Joven,
Casa de los Escritores del Uruguay, 2010.
Yaugurú: Montevideo, 2011

Nota: el presente fragmento corresponde una reescritura inédita de la novela, realizada en 2019.

Sobre Goes to Goes (2021)

*Alejandro Gortázar, “Un rumor del futuro”, publicado en Brecha el 6 de agosto de 2021:

https://brecha.com.uy/un-rumor-del-futuro/

*Gabriel Lagos, “Incierto y nocturno: Hoski y su novela-poema Goes to Goes“, publicado en La Diaria el 9 de julio de 2021:

https://ladiaria.com.uy/cultura/articulo/2021/7/nocturno-e-incierto-hoski-y-su-novela-poema-goes-to-goes/

Sobre En el camino de los perros (antología)

*Camila Bellas, “Sobre pétalos artificiales: poiesis y logomaquia en la poesía uruguaya ultrajoven [sobre En el camino de los perros. Antología crítica de poesía uruguaya ultrajoven (2018)]”, publicado en Tenso Diagonal, ISSN: 2393-6754 Nº 06 Diciembre 2018:

https://tensodiagonal.org/index.php/tensodiagonal/article/view/16/15

*Nia Cabellos, “Hoski: «La tarea del editor es crítica pero también es una tarea educativa»”, entrevista publicada en Liberoamérica el 23 de julio de 2018:

https://liberoamerica.com/2018/07/23/entrevista-a-el-hoski-impulsor-de-una-antologia-de-poesia-ultrajoven-la-tarea-del-editor-es-critica-pero-tambien-es-una-tarea-educativa/

*Hoski y Lucas Rodríguez Berrospe en La máquina de pensar (Radio Uruguay), el 11 de diciembre de 2018:

http://radiouruguay.uy/poesia-ultrajoven/

*Verónica Cardozo, “Versos jóvenes”, entrevista publicada en Sala de redacción el 16 de noviembre de 2019:

Versos jóvenes

*Alejandro Gortázar, “En el camino de lxs ultrajóvenes”, nota y fragmentos del libro publicados en Sujetos Uy el 14 de agosto de 2018:

https://sujetos.uy/2018/08/14/poesiaultrajoven/

*Gabriel Lagos, “Ultrajóvenes y periferias”, publicada en La Diaria el 6 de agosto de 2018:

https://ladiaria.com.uy/cultura/articulo/2018/8/ultrajovenes-y-periferias/

Leer libro completo en Biblioteca País (CEIBAL): 

https://bibliotecadigital.ceibal.edu.uy/info/en-el-camino-de-los-perros-antologia-de-poesia-ultrajoven-00016430

Leer muestra poética de Olivia Arocena y ensayo de Romina Serrano: 

https://liberoamerica.com/2018/08/20/comentario-sobre-la-poesia-de-olivia-arocena-uruguaya-presente-en-la-antologia-critica-de-poesia-ultrajoven-en-el-camino-de-los-perros/

Leer prólogo de Hoski: 

Leer muestras poéticas virtuales de poetas ultrajóvenes 2015-2021: 

https://www.enelcaminodelosperros.wordpress.com

Sobre Ningún Lugar

*Camila Bellas, “Ningún lugar de Hoski: contra retóricas kitsch”, publicado en Tenso Diagonal ISSN: 2393-6754 Nº 04, Diciembre 2017:

https://tensodiagonal.org/index.php/tensodiagonal/article/view/113/94

*Franco Scopelli, “Último boleto”, publicado en Brecha el 22 de setiembre de 2017:

https://tensodiagonal.org/index.php/tensodiagonal/article/view/113/94

*Ramiro Sanchiz, “Cuentos con culos peludos”, publicado originalmente en La Diaria el 24 de agosto de 2017:

https://ladiaria.com.uy/articulo/2017/8/cuentos-con-culos-peludos/

*Las sobras del cumpleaños, “Escribo para pagar una deuda subjetiva”, entrevista publicada en 2017:

https://lassobras.com/2017/08/18/escribo-para-pagar-una-deuda-subjetiva/

*Jorge Castigliolo, “Sueños imposibles de encajar”, entrevista publicada en Montevideo Portal el 9 de noviembre de 2017:

https://www.montevideo.com.uy/Tiempo-libre/Conversamos-con-Hoski-a-proposito-de-Ningun-lugar–su-nuevo-libro-uc666714

*Belén Forument, “Las máscaras y el realismo sucio en un escritor local”, publicada en Tv Show el 1ero de noviembre de 2017:

https://www.tvshow.com.uy/libros/mascaras-realismo-sucio-escritor-local.html

Leer cuentos del libro:
https://elhoski.wordpress.com/tag/ningun-lugar/

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